El personalismo y el desvanecimiento de lo privado

Si bien la actitud de repliegue que caracteriza al individualismo contribuye a asegurar nuestra forma, Mounier considera que la persona solo crece purificándose incesantemente del individuo que hay en ella. No lo logra a fuerza de poner atención en sí misma, sino, por el contrario, haciéndose disponible y, con ello, más transparente para sí mismo y los demás. La primera inquietud del personalismo es descentrar al individuo para colocarlo en las perspectivas abiertas de la persona. El primer movimiento del ser humano en la infancia es hacia el prójimo, hecho que, destaca Mounier, nos hace salir de nuestro estado vegetativo. El y el nosotros precede al yo. (2005: 44-45).

La persona, afirma Mounier, es una existencia capaz de separarse de sí misma, de desposeerse, de descentrarse, para estar disponible para los demás, para situarnos desde el punto de vista de los otros, esto implica no solo conocer al otro de modo general, sino que abrazar su singularidad con mi singularidad, tomando para sí el destino y las emociones del otro (2005: 46-47). La persona, según Mounier, es desde su origen movimiento hacia el otro. Sin embargo, la vida personal también requiere de la capacidad de romper el contacto con el entorno, esto es, de poder recogerse para reunificarse. Éste cuenta como un necesario movimiento de repliegue, de concentración (2005: 60-61).

Esto muestra que, en parte, la vida personal está ligada por naturaleza a un cierto secreto. Las personas completamente externas o en exhibición constante, que no tienen secretos ni densidad, se leen como un libro abierto y pronto se agotan. Experimentan, señala Mounier, un placer vulgar en hablar, en hablar de sí y en que les hablen de otros, en exhibir y hurgar. La reserva en la expresión, la discreción, es el homenaje que la persona rinde a su infinitud interior. Se ha perdido el pudor, esto es, la sensación de amenaza de que el propio ser sea tomado por algo simple o banal, y que no represente la infinitud y complejidad de su existencia. Lo contrario del pudor, sostiene Mounier, es la vulgaridad, es decir, consentir que no soy más que lo que la apariencia inmediata ofrece, lo cual pasa a exhibirse como tal a la mirada pública (2005: 62-64)

Hay cierta plenitud, por tanto, en la privacidad, pero ésta debe darse en un juego continuo de exteriorización e interiorización; extenderse para enriquecerse, recogerse para encontrarse. Es necesario, nos dice Mounier, salir de la interioridad para cultivar la interioridad (2005: 64, 70, 75-75). Pero hoy el problema no parece ser éste. La gente parece extenderse fuera de sí, tanto que pierde el camino de regreso. Al carecer de riqueza interior, se vive mejor enajenado, fuera de sí mismo ¿Qué sentido tiene la privacidad si no hay nada valioso que resguardar? Perdido el pudor, nos hemos entregado a la exhibición y a la vulgaridad. Ya no parecemos ser más que lo que aparentamos.

Eduardo Schele Stoller

3 comentarios sobre “El personalismo y el desvanecimiento de lo privado

  1. Qué buenas lecturas hacès Eduardo. Disfruto leer cómo las presentás.
    Particularmente de este autor te quiero preguntar dónde se encuentra lo expuesto aquí.
    Un abrazo.

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