Kant y la insociable sociabilidad humana

Con respecto a la posibilidad de una historia de la humanidad, Kant destaca la dificultad de que ésta se realice conforme a un plan único, pues el “tapiz humano” se entreteje, a su juicio, con hilos de locura, vanidad infantil, maldad y afán destructivo. No podemos suponer en nuestra especie, por tanto, la existencia de ningún sito racional, pues nuestras acciones humanas se hallan más bien determinadas por las leyes generales de la naturaleza. Aun así, la historia nos hace concebir la esperanza de hallar un curso regular al menos de la especie en su conjunto (2007: 24-25).

Nuestras facultades cognitivas racionales deben desarrollarse, afirma Kant, primero como especie, pues la razón, que sobre pasa al instinto, no es a su vez instintiva. Necesita de ejercicio y aprendizaje de generación en generación (2007: 25). Éste, como señalara Aristóteles, era el fin último de la vida en comunidad. Pero aquí es donde aparece según Kant la insociable sociabilidad de los hombres, manifiesta en su inclinación a formar sociedad pero en conjunto a su deseo por disolverla. El hombre tiene así una inclinación a entrar en sociedad, pues allí se siente más humano, al constatar el desarrollo de sus disposiciones naturales. Pero también tiene una gran tendencia a aislarse, pues se encuentra con innumerables resistencias a su voluntad (2007: 27).

Kant ve con buenos ojos esta contradicción, pues considera que es dentro de la asociación civil que las inclinaciones naturales producen su mejor resultado, tales como los árboles que crecen erguidos en un bosque, versus aquellos que se encorvan y retuercen en aislamiento. Toda la cultura y el arte son frutos de la insociabilidad, la cual ella misma se ve en la necesidad de someterse a disciplina[1] (2007: 30) ¿No es acaso esta la misma pre condición de la filosofía? Si su actitud fundamental es la crítica, esta última siempre debe erigirse ante algo. El filósofo reflexiona desde y hacia una sociedad determinada. Si bien su conducta puede ser de aislamiento (insociabilidad), ésta es consecuencia de una socialización previa, la cual, por más retorcida que sea nuestra naturaleza, en alguna medida ha moldeado hasta la forma de enjuiciamiento de la misma.

Eduardo Schele Stoller

[1] Para esto, afirma Kant, necesita de un señor que quebrante su voluntad y le obligue a obedecer a una voluntad valedera para todos. Pero este señor también es un animal, por lo que también requerirá de un señor. Y es que con una madera tan retorcida como el hombre, señala Kant, no se puede conseguir nada completamente derecho (2017: 29-30).

 

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