Sobre la percepción del tiempo

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Simon Garfield destaca la “agresividad” del tiempo contemporáneo, el cual pasa a dominar y agobiar nuestras vidas, haciéndonos creer que se nos escapa o nos queda corto. Esta aceleración es propia de una era tecnologizada que lo acelera todo, de allí nuestra obsesión por querer medirlo, controlarlo, venderlo, grabarlo, representarlo, inmortalizarlo o darle sentido[1] (8, 14).

Pero en lo concreto ¿De dónde proviene esta sensación de aceleración temporal? Schopenhauer ha destacado que uno de los culpables es el hábito, pues éste, al insensibilizarnos, nos mecaniza y, en consecuencia, nos hace menos conscientes del paso tiempo. Por ejemplo, durante la infancia la novedad de las cosas y de los acontecimientos hace que todo se imprima en nuestra conciencia, haciendo así que los días nos parezcan más largos. Las horas de los niños, afirma Schopenhauer, son más largas que los días del anciano. El tiempo de la vida tiene un movimiento acelerado como el de una esfera que rueda sobre un plano inclinado. Al igual que un disco que gira, cada punto corre tanto más aprisa cuanto más distante está del centro. La infancia es así el periodo más rico en recuerdos, el más largo de nuestra existencia (2013: 275).

Sin embargo, ¿realmente queremos sentir el paso del tiempo? Si lo que hoy se busca es la mera distracción, es precisamente para perder la noción del tiempo, la cual se hace latente solamente mediante el aburrimiento. Pero la gente cree, señala Schopenhauer, que su existencia es tanto más feliz en cuanto menos la siente (2003: 75). He aquí el problema; el no querer adolecer la desnuda existencia trae como consecuencia la sensación de aceleración desenfrenada de la misma. Esto, según Schopenhauer, es propio de las inteligencias inferiores, pues, el que evita el aburrimiento, propio de la soledad, es el que carece de recursos para valérselas por sí mismo. La superioridad de la inteligencia, en cambio, conduce a la insociabilidad. Al carecer el hombre vulgar de riqueza interna (intelectual) solo se preocupa de pasar el tiempo, mientras que el hombre de talento de aprovecharlo (2013: 61-62). Para los primeros la vida no es más que un tobogán en descenso acelerado a la muerte. Para los segundos; una montaña empinada que tarda en ascenderse, pero en la cual la vista de cada trayecto es aprovechada al máximo.

Eduardo Schele Stoller.

[1] Los calendarios, por ejemplo, establecen un orden y control político (poder) (14).

 

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