La fenomenología de la conciencia

El vivir psíquico, afirmaba Husserl, solo se hace patente en la reflexión. Es a través de ella que aprehendemos las vivencias subjetivas, las que llegan a ser así para nosotros conscientes. Pero lo que se nos aparece, los fenómenos, siempre son conciencia de algo, lo cual quiere decir que el carácter fundamental de la conciencia es su intencionalidad. Al estar conscientes de un objeto, nos dice Husserl, nos dirigimos hacia ellos (1992: 38-39). Este ejercicio requiere de lo que Husserl denomina como epojé o puesta entre paréntesis, mediante la cual se pretende desconectar del campo fenomenológico el mundo que para el sujeto simplemente existe, presentándose en vez de esto el sentido de conciencia en sus diferentes modos, dirigiéndose a las formas esenciales invariantes de la esfera anímica (de la percepción). El objetivo es centrarse en el sistema apriórico de formas, pues, a juicio de Husserl, sin la tipología apriórica sería imposible el yo, el nosotros y la conciencia (1992: 43, 47). La fenomenología pretende así darle una vuelta a la actitud natural en la cual permanecen la vida cotidiana y las ciencias positivas, donde el mundo es concebido como algo real, que existe y que es comprensible, como algo dado e incuestionado. Cuando el interés teórico abandona la actitud natural, la mirada se dirige hacia la vida de la conciencia.

A través de su descripción de la filosofía de Husserl, Sartre critica al idealismo que considera al conocimiento como un comer arácnido que atrae las cosas a su tela, las cubre y las reduce a su propia substancia. Las cosas se vuelven así en un conjunto de contenidos de conciencia, la cual asimila las cosas y las transforma en ideas (asimilación, unificación, identificación). Como hemos visto, Husserl afirma que, al ser de naturalezas distintas, no se pueden disolver las cosas en la conciencia. La conciencia es, en este sentido, irreductible, pues no puede ser representada por ninguna imagen física. Lejos de lo interno, conocer, afirma Sartre, es “estallar hacia” fuera, arrancarse de la intimidad para largarse más allá de uno mismo, hacia lo que no es uno mismo.

No se puede caer en la conciencia, pues ella carece de interior. De ser esto posible, seríamos arrojados inmediatamente hacia fuera. La conciencia no es, por tanto, una substancia, sino una fuga constante de ella misma, dirigida al exterior. Toda conciencia, consideraba Husserl, es conciencia de algo. O como señala Heidegger, se es conciencia en el mundo. Pero de ser esto es así, al exigirle a la conciencia que coincida con ella misma (con las ventanas cerradas), esta se aniquilaría a sí misma. La conciencia es, pues, intencionalidad, dirección a lo externo. Husserl nos ha librado así, afirma Sartre, de la vida interior, pues todo está fuera, incluso nosotros mismos.

Pero si todo está fuera, ¿en qué momento se produce el análisis? Si nos perdemos en los diversos estímulos que captan nuestra intencionalidad, ¿cómo logramos pensar la realidad? Es cierto que para entendernos hay que mirar más nuestro entorno que a nosostros mismos, pero si el pensamiento no logra recogerse en alguna medida, la conciencia de sí nunca llegaría. Este ejercicio debe sostenerse en un justo medio, pues de lo contrario, como intuye Sartre, al perder todo soporte externo, la conciencia se aniquila (objetivo, por ejemplo, de la meditación y el misticismo). Es en el fluir entre la entrega (externa) y el recogimiento (interno) en donde parece habitar la conciencia.

Eduardo Schele Stoller.

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