Inteligencia y estupidez

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Usualmente, nos dice José Antonio Marina, la inteligencia se ha entendido como la capacidad que tiene un sujeto para dirigir su comportamiento, utilizando la información captada, aprendida, elaborada y producida por él mismo. En este sentido, la inteligencia suele evaluarse en base a capacidades cognitivas básicas, tales como percibir, relacionar, aprender y argumentar, todos aspectos que suelen medir los test de inteligencia. Sin embargo, a juicio de Marina, el éxito de la inteligencia debería medirse por dirigir bien o mal la conducta, resolviendo situaciones conflictivas, según un determinado contexto (7-8). A mayor resistencia de las circunstancias, más se pondrá a prueba la inteligencia. El poderoso, por ejemplo, al ofrecerle poca resistencia las cosas, pocos serán en consecuencia los desafíos a su inteligencia y su conciencia. Una cosa, nos dice Marina, es la capacidad intelectual, otra lo que hacemos con ella (9).

A través de esta capacidad es que puede medirse a su vez la estupidez. La tontería, afirma Marina, es la idea convertida en materia inerte, el pensamiento convertido en mecanismo. Y es que la inteligencia no trata solo de resolver problemas, sino también de plantearlos, siempre y cuando sea conforme a un marco atingente, de lo contrario, cualquier pensamiento o actividad puede resultar estúpidos si el marco en que se mueve también lo es. La inteligencia fracasa cuando se equivoca en la elección del marco. El marco superior en jerarquía para el individuo es su felicidad. En consecuencia, señala Marina, será un fracaso de la inteligencia aquello que le aparte o le impida conseguir la felicidad (13, 18).

A la estupidez contribuyen además otros factores, tales como los prejuicios. Un prejuicio, afirma Marina, se basa en estar absolutamente seguro de una cosa que en realidad no se sabe. Prejuicio es juzgar anticipadamente un hecho; antes de que suceda o de conocer lo sucedido. Un sujeto tal selecciona la información en vista de solo percibir aquellos datos que corroboren su prejuicio. Esto deriva en una actitud dogmática, pues lo que se hace es inmunizar las propias creencias ante cualquier tipo de crítica, pudiendo llegar a caer, producto de esto, incluso en el fanatismo. No deja de ser paradójica nuestra situación actual ante el conocimiento; mientras más abunda éste, más selectivos somos a la hora de filtrar la información. Lo que se “sigue” hoy en día es todo aquello que alimente nuestros prejuicios, no lo que los desafíe. Y es que sin una actitud crítica, siempre encontraremos lo que deseamos; la estupidez.

Eduardo Schele Stoller

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