Simone de Beauvoir y la mujer como objeto

Simone de Beauvoir realizó un profundo análisis de la concepción de la mujer en la historia, la cual no ha cambiado mucho a lo largo del tiempo. Aristóteles, por ejemplo, afirmaba que la hembra es hembra en virtud de una determinada carencia de cualidades. Santo Tomás, por su parte, señalaba que hay que considerar el carácter de la mujer como naturalmente defectuoso, esto es, como un hombre fallido (Génesis). La humanidad, sostiene Beauvoir, es masculina, siendo el hombre quien define a la mujer, no en sí sino en relación con él. Esto hace que la mujer no tenga consideración de ser autónomo, independiente del hombre. Ella no es más que lo que el hombre decida. En la sociedad humana nada es natural. La mujer es uno de tantos productos elaborados por la civilización. La mujer no se define así por sus hormonas ni instintos, sino por la forma en que percibe, a través de las conciencias ajenas (masculinas), su cuerpo y su relación con el mundo (2015: 50, 896).

Los dos sexos, plantea Beauvoir, nunca han compartido el mundo en pie de igualdad, aspecto que contradice la perspectiva existencialista, según la cual todo sujeto se afirma concretamente a través de los proyectos como una trascendencia, como una expansión hacia un futuro indefinidamente abierto. Pero en el caso de la mujer, la anhelada trascendencia cae en la inmanencia, degradándose así su existencia, en una frustración y opresión de su libertad. Los hombres le imponen, afirma Beauvoir, que se asuma con alteridad, pretendiendo petrificarla como objeto, condenándola a la inmanencia, a la inesencialidad, ya sea a través de justificaciones fisiológicas, psicológicas o económicas (2015: 55, 63).

Sin embargo, Beauvoir destaca que solo es posible la comparación entre sexos desde una perspectiva a sí mismo humana, es decir, no es algo dado. Obramos para hacer lo que somos. El hombre no es una especie natural, es una idea histórica (Merleau-Ponty). Esto quiere decir que la mujer no es una realidad inmutable, sino un devenir, teniendo que definirla entonces por sus posibilidades. En consecuencia, Beauvoir afirma que no se nace mujer: se llega a serlo. El conjunto de la civilización elabora este producto intermedio entre el macho y el castrado que se suele calificar de femenino. (2015: 96, 371). Confinada a las labores domésticas, la mentalidad de la mujer se siente rodeada de ondas, cree en la astrología, la teosofía, los videntes, los sanadores, introduce en la religión las supersticiones primitivas. Su actitud, señala Beauvoir, es la del conjuro, el rito y la oración. Es rutinaria porque el tiempo para ella no tiene la dimensión de una novedad, no es un impulso creador, pues está condenada a la repetición, solo viendo en el futuro una duplicación del pasado, en un mero movimiento confuso, circular y degradante (2015: 759).

¿Puede llegar a revertirse esta condición de la mujer? Beauvoir confiaba en que sí, pero para esto debe antes abrírsele el futuro, dejando de aferrarse al pasado. Los defectos que históricamente se le han reprochado (mediocridad, pequeñez, timidez, mezquindad, pereza, frivolidad, servilismo) ilustran precisamente la estrechez de su horizonte. Si se les destaca solo por la sensualidad y la inmanencia, es porque se las ha encerrado en ellas mismas, dejándolas en una importancia meramente animal. Si la mujer ha dado importancia a las cosas pequeñas, sostiene Beauvoir, es porque no ha tenido acceso a las grandes. Al no estar dirigida su vida hacia fines, se absorbe produciendo medios como la comida o la ropa; aspectos meramente utilitarios. Son las circunstancias las que invitan a la mujer, más que al hombre, a volverse hacia sí y a consagrarse a su amor (narcisismo). Si se ofrece a sí misma a sus propios deseos es porque desde su infancia se le ha reforzado el verse como un objeto (2015: 763-764, 791-792). Esto es algo latente en la misma concepción de la belleza. En el caso del hombre, señala Beauvoir, es síntoma de trascendencia, mientras que en la mujer tiene la pasividad de la inmanencia, estando hecha para detener la mirada y quedar atrapada en lo inmóvil. Por ejemplo, el hombre que se siente actividad, subjetividad, no se reconoce en su imagen congelada en el espejo. En cambio, la mujer que se sabe objeto, cree realmente que se ve en el espejo: pasivo y dado, el reflejo y ella son una misma cosa (2015: 793).

Los síntomas que describe Beauvoir no han hecho más que extenderse en nuestros tiempos, no solo entre las mujeres, sino que también entre los hombres. La rutina nos envuelve hoy a todos por igual, pues carecemos de proyectos propios que nos permitan trascender libremente la cotidianidad. Hoy la mediocridad, pequeñez, pereza, frivolidad y servilismo no discriminan entre los sexos; al no haber fines, nos hemos entregado a los medios y rendido ante nosotros mismos. En la era del narcisismo, la concepción de sí mismo no puede ser más que como objeto. En este sentido, quizás hoy haya igualdad de género.

Eduardo Schele Stoller.

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