¿Es el amor una estupidez?

Antes de definir lo que es el amor, Ortega comienza distinguiendo a éste del deseo. Desear es tender a la posesión de algo, muriendo automáticamente cuando logra satisfacerse. El deseo tiene un carácter pasivo, pues cuando deseamos, pretendemos que el objeto venga hacia nosotros. En el deseo, afirma Ortega, somos centro de gravitación donde esperamos que las cosas vengan a caer (2009: 15). El amor, en cambio, es una insatisfacción y actividad eterna, ya que bajo él somos nosotros quienes van al objeto. En el acto amoroso es la persona la que sale fuera de sí. En el amar abandonamos la quietud, en un emigrar constante, no instantáneo como en el desear. No es un golpe único, sino una corriente. El amor es, sostiene Ortega, un acto centrífugo del alma que va hacia el objeto en flujo constante (2009: 15, 17-18, 21).

Otra visión a la cual se refiere Ortega para su análisis es a la de Stendhal, quien califica al amor como un error, basado en una mera ficción, pues nos enamoramos cuando sobre otra persona nuestra imaginación proyecta inexistentes perfecciones. Basta que se desvanezcan tales fantasmagorías para que el amor muera. En este sentido, Ortega señala que el amor no solo no ve lo real, sino que además lo suplanta. Enamorarse es sentirse así encantado ante alguna supuesta perfección, la cual, probablemente, ni si quiera existe (2009: 24, 33).

Este ir hacia el objeto idealizado hace que la atención se fije más tiempo de lo normal en un mismo objeto, convirtiéndose así en una manía. El maniático, afirma Ortega, es un hombre con un régimen de atención anómalo, característica presente en casi todos los grandes personajes de la historia ¿Qué diferencia a unos de otros? A juicio de Ortega es el objeto de obsesión, que puede resultar útil o no a ojos de los demás. Nada nos define tanto como cuál sea nuestro régimen atencional. Pero es aquí donde Ortega da con un síntoma muy propio de nuestro tiempo; la ligereza y mareo con que la atención resbala de objeto en objeto, no fijándose en nada en particular (2009: 42). Al respecto, ¿el amor nos salva o nos condena a la estupidez?

Ortega señala que, en un comienzo, el enamoramiento no es más que atención anómala detenida en otra persona. Representando así un empobrecimiento de nuestra vida mental, pues la conciencia se angosta y pasa a contener un solo objeto, dejando a la atención paralítica, no pudiendo avanzar de una cosa a otra, quedando rígida, presa de un solo ser (2009: 43). Sin embargo, ¿por qué es tan trascendental y perecedero el recuerdo del primer amor? Pues porque precisamente representa un primer salir del egocentrismo propio de la niñez, adquiriendo una mayor concentración e intensidad de la conciencia y, además, porque nos hace dejar de vagar entre los objetos perceptuales sin ningún tipo de valor significativo. No comparto con Ortega que el enamoramiento represente un estado inferior del espíritu o una imbecilidad transitoria, pues ese estado puede representar un paso a una conciencia superior, al rescatarnos del mareo perceptual, sacándonos de nosotros mismos, permitiendo detenernos y reflexionar sobre algo, aunque sea una mera ficción.

Eduardo Schele Stoller.

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