La filosofía, a un paso de la religión

Según el filósofo chileno Miguel Orellana Benado, la obsesión neurótica con la unidad y el orden que caracteriza a la civilización occidental es un vástago mestizo surgido del cruce del logos griego con el monoteísmo judío. Así considerado, el fracaso del positivismo lógico en el siglo XX se presenta así mismo como lo que en realidad es: colapso final de una larga cadena de intentos de combinar la idea griega de orden o logos con la intuición del monoteísmo hebreo, según la cual existe un principio de explicación que es único y que, en principio, está abierto a todos por igual (2001: 198-199).

Cuando una visión científica del mundo es tomada como orientación para la conducta por un grupo dado de personas, tal como ocurrió, por ejemplo, con Comte y los positivistas, la concepción científica, afirma Orellana, se transforma en religiosa (2002: 164). Es por esto que de las cuatro preguntas esenciales propuestas por Kant hay una ante la cual habría que abstenerse de emitir juicio: ¿qué debo hacer? El deber es dominio de la moral, y la moral se circunscribe a las costumbres, prácticas y hábitos irreflexivos de obediencia dogmática. Todas estas características son incompatibles con el espíritu crítico de la filosofía. Esto no quiere decir que la filosofía o los filósofos no puedan orientar la vida de los ciudadanos, algo que en efecto han hecho desde sus comienzos, pero de forma racional, consciente y reflexiva. Pensemos por ejemplo en las filosofías cínicas, epicúreas y estoicas. En lo que no puede convertirse el filosofo es en un profeta, que busque una adherencia basada en la fe y la ceguera.

Si la filosofía no quiere convertirse en religión, tiene que evitar la reducción a la unidad de principios, supuestos y explicaciones que den cuenta de una totalidad incuestionada. El ideal griego de coherencia entre epistemología, ética y estética dista muy poco de la teología religiosa, algo que no parece molestarle, cada cierto tiempo, tanto a filósofos como científicos y, menos aun, a sus fieles seguidores.

Eduardo Schele Stoller.

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