La moral según Nietzsche

La moral para Nietzsche no es más que la obediencia a las costumbres. Allí donde no existen costumbres, no existe moralidad. Consecuentemente, cuanto menos esté determinada la existencia por las costumbres, mas pequeño es el círculo de la moralidad. El hombre libre debe ser, pues, inmoral, porque en todas las cosas quiere depender de sí mismo y no de un uso establecido por la tradición. Sin embargo, a juicio de Nietzsche, vivimos en una época cada vez más inmoral, ya que el poder de las costumbres se debilita progresivamente (2017: 34, 47).

Las causalidades imaginarias, mundo mucho mayor que el real, han sido históricamente el fundamento de la moral. En la medida que el sentido de la causalidad real aumenta, la extensión del dominio de la moralidad decrece. Y esto es precisamente lo que sucede en nuestros días. Si las costumbres, afirma Nietzsche, representan las experiencias de los hombres anteriores sobre lo que ellos consideraron útil o nocivo y en base a un sentimiento de santidad, de indiscutibilidad de las costumbres, impidiendo cualquier tipo de corrección, cambio o mejora, la moral, entonces, en la misma medida que nos hace buenos a ojos de los demás, también nos embrutece. Aceptar una creencia, considera Nietzsche, simplemente porque es costumbre aceptarla, se debe a mala fe, cobardía y pereza, todas condiciones de la moral y de que en nuestra vida sigamos siendo víctimas de los juicios infantiles a que nos hemos habituado (2017: 37, 46, 110, 113).

Solo cuando la humanidad tuviera un fin universalmente reconocido, sería posible proponer imperativos en la manera de actuar. Al no existir de momento este fin, no hay que poner las pretensiones de la moral, señala Nietzsche, en relación con la humanidad. Nuestros deberes no responden así a principios ni fines trascendentes, sino que son los derechos que los demás tienen sobre nosotros y con los cuales nos han educado, instruido, sostenido y que explicaría la deplorable condición de nuestra civilización. Nuestras concepciones sociales del bien y del mal, su enorme preponderancia sobre el cuerpo y el alma, han acabado por debilitar, afirma Nietzsche, todos los cuerpos y todas las almas, quebrantando a los hombres independientes, autónomos, sin prejuicio, los verdaderos pilares de una civilización fuerte (2017: 116, 121, 173).

Ante esto, Nietzsche nos demanda nunca callar ante nosotros mismo nada de lo que pueda ser opuesto a nuestras ideas, pues este es el primer deber del pensador; hacer campaña por sobre todo contra sí mismo (2017: 282). Puede que en esto radique hoy la dificultad para la desmoralización que nos propone Nietzsche; la nula capacidad de hacernos frente a nosotros mismos, de desafiarnos, de cuestionarnos. Todos parecen hoy atrincherarse en sus propias creencias, en la tradición, en algún grupo, negándose incluso a ver o a informarse desde el otro lado, algo que hoy es más posible que nunca. Paradójica situación; en la era de la información, nadie quiere desafiarse con los diversos tipos de ideologías, de conocimientos. Cobardía (temor a la soledad) y pereza, como también señalara Kant, no solo son condiciones de la moral, sino también de la imposibilidad de pensar por uno mismo. Razón tenía pues Nietzsche al afirmar que la confianza en la razón es un fenómeno moral.

Eduardo Schele Stoller.

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