Lévinas y la finalidad del arte

Desprenderse del mundo, se pregunta Lévinas, ¿significa siempre ir más allá, hacia la región de las ideas platónicas y hacia lo eterno que domina el mundo? Este ir más allá se relaciona, a su juicio, con comunicar ideas, con comprender. Sin embargo, ¿se puede hablar de un desapego de más acá? Una alternativa ante esto es el arte, pues a través de él se pretende no comprender. El artista, sostiene Lévinas, conoce y expresa la oscuridad misma de lo real, pero describe el trato con lo oscuro, en tanto acontecimiento ontológico totalmente independiente de las categorías del conocimiento (2001: 46).

Y es que el arte no conoce un tipo particular de realidad. A diferencia del conocimiento iluminador, es el acontecer mismo del oscurecimiento, un atardecer, una invasión de sombra. El arte no pertenece, afirma Lévinas, al orden de la revelación. Su procedimiento más elemental consiste en sustituir un objeto por su imagen, no por un concepto. El concepto es el objeto captado, el objeto inteligible. El desinterés de la visión artística significa precisamente una ceguera ante los conceptos. La imagen no engendra, como el conocimiento científico y la verdad, una concepción. La imagen señala una profunda pasividad (2001: 46-47). Lo que aparece con la imagen, afirma Lévinas, es la sensación pura. La sensación no es un residuo de la percepción, sino una función propia. La sensibilidad se presenta como un acontecimiento ontológico distinto, pero no se realiza más que a través de la imaginación. El arte consiste en sustituir el ser por la imagen, desencarnando así la realidad. El objeto representado se convierte, por tanto, en no objeto (2001: 50).

El arte, destaca Lévinas, está esencialmente descomprometido, alcanzando a través de él la experiencia más corriente y mas banal del placer estético. Es una de las razones que hacen aparecer el valor del arte: irresponsabilidad, ligereza, gracia. Disfrutar una novela o un cuadro, señala Lévinas, es no tener que concebir, es renunciar al esfuerzo de la ciencia, la filosofía y del acto. Ante tales obras no es propicio hablar ni reflexionar. Se requiere tan solo admirar en silencio y en paz, de allí que se considere que haya siempre algo de malo, egoísta y de cobarde en el goce artístico (2001: 64). Es evidente, pues, que el arte, al alejarnos del dominio de lo conceptual, es liberador. Pero lo será en la medida que a través de él no lleguemos a nada. Siguiendo esta lógica, la sublimidad de la obra será inversamente proporcional con su mensaje. Mientras más nos quiera decir el artista, menos valor tendrá su obra, al menos como arte. Según esta visión ¿tiene cabida alguna la política en el arte? ¿O qué ocurre a su vez con los críticos de arte? Cualquier tipo de verbalización de la imagen pasa a ser incompatible con el arte mismo y de lo que nos intenta liberar.

Eduardo Schele Stoller

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