Bauman y el otro como objeto de consumo

Para Bauman el consumismo ya no es sinónimo de acumular bienes, sino de usarlos para luego hacer lugar para nuevos bienes y su uso respectivo. La vida del consumidor invita a la liviandad y a la velocidad, así como a la novedad y variedad que se espera que estas alimenten y proporcionen. Aquellos que no necesitan aferrarse a sus posesiones durante mucho tiempo están en la cima. En la sociedad de consumo la imagen del éxito es la de la renovación constante (2006: 72-73).

Un hombre así estará plagado de angustias, pues existe siempre la sospecha, señala Bauman, de que estamos viviendo en la mentira o el error, de que algo de importancia crucial se nos ha escapado, perdido o traspapelado, de que algo hemos dejado sin explorar o intentar, de que alguna posibilidad de felicidad desconocida y diferente a la experimentada hasta el momento se nos ha ido entre las manos o está a punto de desaparecer para siempre. Estamos, en consecuencia, condenados a permanecer en la incompletitud y la insatisfacción. El viaje no tiene fin. El itinerario es modificado en cada estación, y el destino es una incógnita a lo largo de todo el recorrido (2006: 79).

El lazo entre la sublimación del instinto sexual y su represión, afirma Bauman, se ha roto. La moderna sociedad liquida ha encontrado una manera para sublimar los instintos sexuales sin necesidad de reprimirlos. Ya no impulsados por presiones coercitivas, sino por la seducción de los objetos de deseo sexual disponibles. Cuando la calidad nos defrauda, buscamos la salvación en la cantidad. Cuando la duración no funciona, puede redimirnos la rapidez del cambio. Y esta rapidez es la que también parece regir las relaciones sociales. Cada conexión, afirma Bauman, puede ser de corta vida, pero su exceso es indestructible. En medio de la eternidad de esa red imperecedera podemos sentirnos a salvo de la irreparable fragilidad de cada conexión individual y transitoria. Siempre podemos correr a refugiarnos en esa red cuando la multitud que nos rodea se vuelve intolerable (2006: 82, 85).

Un caso paradigmático es el que ocurre con los celulares que ayudan a estar conectados a los que están a distancia, pero por sobre todo, permiten a los que se conectan mantenerse a distancia ¿Por qué su popularidad? ¿Fue por la nueva facilidad para conectarse o la nueva facilidad para desconectarse? El advenimiento de la proximidad virtual, destaca Bauman, hace de las conexiones humanas algo a la vez más habitual, pero superficial, más intenso, pero breve, no lográndose establecer, por tanto, un vínculo. Demandan así menos tiempo y esfuerzo para ser realizadas y menos tiempo y esfuerzo para ser cortadas. Así, si bien la distancia no es obstáculo para conectarse, conectarse no es obstáculo para mantenerse a distancia. Estar conectado es más  económico que estar relacionado, pero también bastante menos provechoso en la construcción de vínculos y su conservación (2006: 85, 87-88). Y es que las relaciones sociales también pasan a estar regidas por la lógica del consumo: renovación, cambio, rapidez. Y al no poder velar ya por la calidad, lo que importa en estas redes, por sobre todo, es la cantidad de amigos, seguidores y “me gusta” que se puedan lograr. Pero con esto, como ha afirmado Bauman, el otro pasa a ser tratado como mero objeto de consumo. Perdido ha quedado el valor intrínseco de los otros en cuanto seres únicos e irrepetibles. Bajo relaciones que priorizan solo el costo-beneficio ¿se puede esperar un sociedad altruista?

Eduardo Schele Stoller.

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