Foucault y el poder psiquiátrico

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El poder ya no se ejerce desde fuera, teniendo como límite la corporalidad, sino que el objetivo ahora, afirma Foucault, es parasitar y atravesar los cuerpos con determinadas normas, inculcando en ellos mismos la disciplina y la regularidad. El poder ya no es personalizable. Para Foucault solo hay poder debido a la existencia de la dispersión, relevos, redes, lo cual produce como efecto que se disperse y diferencie en una serie de funciones específicas (2012: 16, 17, 21).

Todo el que quiera ser parte de la comunidad deberá subyugarse a una de estas funciones, delimitando su actividad a una rutina específica. Precisamente el loco, según Foucault, es aquel que no se deja dominar, razón por la cual el principal objetivo de la terapia psiquiátrica se entenderá como un arte de subyugación, domesticación, esto es, como una ortopedia moral que permita la curación. Aquí se aplica también la nueva lógica del poder; en vez de violencia, estrategias, relaciones y practicas disciplinarias (microfísica del poder) (2012: 23-24, 55)

Esta estrategia lo que busca es poder tocar los cuerpos, aferrarse a ellos, tomando control de los gestos, los comportamientos, los hábitos, las palabras. Todo sistema disciplinario, sostiene Foucault, tiende a ser una ocupación del tiempo, la vida y el cuerpo del individuo. Este sistema no requiere para funcionar del juego discontinuo, ritual o cíclico de ceremonias y marcas. El poder disciplinario requiere un procedimiento de control constante, perpetuamente bajo la mirada de alguien o en situación de ser observado (2012: 59, 67). El principio panóptico consiste en ver todo el tiempo, a todo el mundo, para ajustar el cuerpo, sus gestos, su lugar, sus desplazamientos, su fuerza, tiempo, discursos. El poder disciplinario fabrica cuerpos sujetos, siendo un mecanismo que da fuerza a toda institución. Aunque no haya nadie, sentirse observado en hospitales, escuelas, talleres, prisiones. (2012: 73, 77, 97, 99-100). El poder psiquiátrico, afirma Foucault, se dio cuando lo real se impuso a la locura en nombre de una verdad poseída, siendo así un operador de realidad frente a la locura. La realidad pasa a concentrarse en la voluntad ajena omnipotente del médico, para lograr someter y vulnerar la afirmación de omnipotencia que hay en la locura. El poder psiquiátrico busca así establecer una realidad determinada mediante el conocimiento y el poder (2012: 2012: 157, 161, 167, 174).

Hoy resuenan más que nunca las palabras de Bacon: saber es poder. Quien puede establecer conocimiento, establecer cuáles son las categorías que regirán el saber, dictaminará con ello el operar de la realidad. Loco será todo aquel que no quiera o pueda someterse a tal marco teórico. Su curación pasará por someterse a la misma terapia disciplinaria que los sanos ya han internalizado con coherencia. El cuerdo es, en cierta medida, el esclavo de la disciplina, de la rutina, de la moral. La única diferencia con la esclavitud de antaño es que ahora nosotros mismos nos hemos puesto los grilletes, y con gusto, pues hoy más que nunca el sujeto aspira a ser observado, a captar toda la visión del panóptico para sí mismo. El poder psiquiátrico y penitenciario se ha extendido así a la sociedad completa.

Eduardo Schele Stoller.

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