Marinetti: el futurismo presente

El futurismo propuesto por Filippo Marinetti hace más de un siglo se ha materializado en nuestro actual modo de vida. Al evaluar algunos de sus principales postulados tales como: echar abajo la tradición, rebelarse contra el culto al pasado y la tiranía de las academias, contra el arte académico, los museos, contra el reinado de los profesores, de arqueólogos y anticuarios (1978: 26 30), vemos el reflejo de nuestra cultura adoradora de la inmediatez y lo nuevo.

Un buen futurista, señala Marinetti, debe ser descortés veinte veces al día. Reniega del deseo imperioso por salvar las apariencias, la manía por la etiqueta, el bien parecer y los prejuicios de toda clase (esnobismo) (1978: 44). El futurismo está a favor de la inquietud continua y progreso indefinido a nivel fisiológico e intelectual, cuyo medio preferente es la guerra, pues lo que quieren es arrancar y quemar las mas profundas raíces del árbol social. Por ejemplo, uno de sus ataques se dirigen hacia el amor, el cual desprecian por ser algo no natural. El amor, afirma Marinetti, es una invención de los poetas, es decir, es solo un producto literario, previendo que éste quedará reducido a la simple copula para la conservación de la especie, quedando el contacto libre de todo misterio, pecado y vanidad donjuanesca. Pasará a evaluarse por lo que es; una sencilla función corporal, como el comer y el beber (1978: 62, 63, 66, 81).

El futurista odia a los maestros simbolistas del pasado, los cuales abrigaban la pasión por las cosas eternas, el deseo por la obra maestra inmortal e imperecedera. Ante esto, Marinetti se proponía enseñarnos a amar la belleza de una emoción o de una sensación, único aspecto realmente valioso, pues tales experiencias son únicas y están destinadas a desvanecerse irreparablemente. El pasado, afirma Marinetti, es necesariamente inferior al futuro (1978: 83-85). Sin embargo, ante la exaltación de la experiencia, ¿no se esta sobrevalorando más el presente? Quizás en su origen el futurismo se centró en lo venidero ante la necesidad de superar el pasado y su propio presente adorador de la tradición. Pero hoy este ideal ya se ha logrado, razón por la cual ya no hay por qué inquietarse. Perdido el simbolismo y sus adoradores, no queda más que la experiencia presente. Todo ideal de trascendencia queda vetado, de allí la distinción que los futuristas hicieran con el ideal de superhombre nietzscheano. El hombre futurista es enemigo del libro, amigo de la experiencia personal, discípulo de la maquina, cultivador encarnizado de su voluntad, adorador de lo ligero, lo práctico, lo efímero, lo veloz, lo funcional (1978: 92, 126, 200, 220, 221) ¿No son acaso todas estas características de nuestra vida cotidiana?

Eduardo Schele Stoller.

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