Bauman: la distinción entre amor y deseo

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Una visión clásica del amor podemos encontrarla en los diálogos de Platón, cuando Diotima le señala a Sócrates de que el amor no se dirige a lo bello como él cree, sino a concebir y nacer en lo bello. Amar es desear concebir y procrear, razón por la cual el amante busca y se esfuerza por encontrar la cosa bella en la cual pueda concebir. El amor no encuentra su sentido en el ansia de cosas ya hechas, completas o terminadas, sino en el impulso a participar en la construcción de esas cosas. En este sentido, afirma Bauman, el amor esta muy cercano a la trascendencia, siendo tan solo otro nombre del impulso creativo (2006: 21).

Esta visión contrasta con la de nuestra actual cultura, partidaria de los productos listos y dispuestos para su uso inmediato, las soluciones rápidas, la satisfacción instantánea, resultados sin esfuerzos prolongados, recetas infalibles, seguros ante cualquier riesgo, garantías de devolución de dinero (2006: 22). El amor clásico se ha convertido así en deseo, asociado este último directamente con el afán de consumo. El deseo, sostiene Bauman, es el anhelo de consumir, de absorber, devorar, ingerir, digerir y aniquilar. El deseo no necesita otro estimulo mas que la presencia de alteridad. Esa presencia es siempre una afrenta y una humillación. El deseo es precisamente el impulso a vengar la afrenta y disipar la humillación. Es la compulsión de cerrar la brecha con la alteridad que atrae y repele, que seduce con la promesa de lo inexplorado e irrita con su evasiva y obstinada otredad. El deseo es el impulso a despojar la alteridad de su otredad y, por lo tanto, de su poder. A partir de ser explorada, familiarizada y domesticada, la alteridad debe emerger despojada del aguijón de la tentación. Lo que se puede consumir atrae, los desechos repelen. El deseo es así también, destaca Bauman, un impulso de destrucción y de muerte (2006: 24).

Por otra parte, el amor se basa en el anhelo de querer y preservar el objeto querido. Un impulso a ingerir, absorber y asimilar al sujeto en el objeto, y no a la inversa como en el deseo. El amor es la supervivencia del yo a través de la alteridad del yo, por eso implica el proteger, nutrir, dar refugio, estar al servicio, a la disposición. Dominio a través de la entrega. El dominio y el ansia de poder, afirma Bauman, son gemelos siameses. Si el deseo ansía consumir, el amor ansía poseer. El deseo aniquila su objeto, el amor busca la durabilidad.

El deseo destruye su objeto. El amor esclaviza, hace prisionero y pone en custodia al otro. Arresta para proteger (2006: 25). En consecuencia, si bien deseo y amor tienen propósitos opuestos, ambos, podríamos agregar, tienen efectos nefastos sobre el otro; por una parte el deseo lo consume, casi destruyéndolo. Por el otro lado, el amor lo protege celándolo y esclavizándolo. Sin embargo, ¿pueden separarse estas dos dimensiones? ¿no hay acaso en toda relación amorosa también deseo? De ser así, la contradicción es evidente, pues lo que se pretende conservar y proteger también se desea destruir. Quizás podemos evaluar al respecto el mero deseo como una actitud más honesta y menos dañina para el otro, puesto que una vez satisfecho el deseo, el desecho que queda no se quiere más, dejándosele libre para ser fruto de deseo de otro.

Eduardo Schele Stoller.

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