Nietzsche: sujeto y verdad

Nietzsche promueve una actitud de reserva no solo ante factores socioculturales, sino que también ante los cognitivos. Todos los grandes espíritus, afirma Nietzsche, son escépticos. Las convicciones no hacen más que encarcelarnos. Prioriza al individuo, quien alcanza así su libertad, al pasar a considerarse ahora un fin en sí mismo. De lo contrario, se vuelve en un medio para fines prácticos o teóricos ajenos.

Nietzsche desconfía profundamente de los sistemas de conocimiento, por ejemplo, ya veía como síndromes de la descomposición griega tanto a Sócrates como a Platón, al imponer posturas por sobre los instintos, negando la vida con el racionalismo, con la búsqueda de la verdad y cifrando erróneamente la felicidad en ello. Tal crítica es extensible a toda la filosofía exponente de “momias” conceptuales. A quien rescata es a Heráclito, pues mediante su defensa del contante cambio, del devenir, puso en entredicho al sagrado “ser”, y, en consecuencia, la posibilidad de la verdad, la cual Nietzsche concibe como una mera ficción, puesto que solo existe lo aparente. De haber verdad, esta se asienta sobre lo aparente, lo cual, en estricto rigor, desaparece o deja de tener sentido. En este contexto, la división en mundos significó un descenso para el hombre, un desvío de la naturaleza, un artificio vacío, una ilusión óptica moral, en donde siempre se supone lo que debería demostrarse.

El ideal de verdad viene de la mano con un ideal de la personalidad de los individuos. Por ejemplo, el concepto de Ser, afirma Nietzsche, es una extensión del de “yo”. Es una idealización, una imagen de nosotros mismos. Se concibe así al espíritu en términos de causa, como la medida de todo. De allí la increíble correspondencia de nuestras teorías, ya que finalmente encontramos en las cosas lo que nosotros mismos escondimos en ella. Lo mismo ocurre con la idea de “causalidad”,  la cual se constituye como una atropomorfización emocional, en vista de eliminar el miedo ante la incertidumbre. Nietzsche propone una reforma a la educación, para poder llegar a una plena cultura aristocrática, mediante la cual resalten los individuos y en donde todo conocimiento sirva para el enaltecimiento de nosotros mismos, mediante el desarrollo del individuo y la plena manifestación de su voluntad de poder. El conocimiento así parte y termina en el sujeto.

Eduardo Schele Stoller

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