Camus: caída, poder y libertinaje

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En la Caída Camus da cuenta de un personaje que se cuestiona sus prácticas cotidianas y profesionales, pues a través de estas no había pretendido más que, en vista de ser visto, vivir por encima de los otros. Y es que el hombre, comenta Camus, no puede amar sin amarse. Estar por encima se traduce en una serie de relaciones de poder. El hombre tiene la necesidad de esclavitud. Mandar es respirar. Lo esencial en la vida es poder enojarse sin que el otro tenga derecho a responder. Todos de alguna manera, dentro de sus posibilidades, buscan ejercer este derecho con empleados, familiares o hasta mascotas. Y esto, en parte, por la sobrevaloración que tiene el sujeto de sí mismo.

Una forma de escapar de la tiranía de las relaciones con el otro es mediante el libertinaje, pues su práctica nos despoja de las obligaciones con los demás. En el libertinaje, señala Camus, uno no posee sino su propia persona, siendo, por tanto, la ocupación preferida de los enamorados de sí mismos. Los lugares donde se practica el libertinaje están separados del mundo, de sus promesas y sanciones inmediatas. Pero además, en el exceso del libertinaje disminuye la vitalidad y, en consecuencia, el sufrimiento. En este sentido, el libertinaje no tiene nada de frenético, pues éste no produce más que un largo sueño. El exceso de goce, sostiene Camus, debilita la imaginación y el juicio, volviéndose el estado de ánimo nulo o, al menos, parejo.

De lo anterior se infiere al menos dos cosas; la primera es que el sufrimiento deriva en gran parte de la necesidad de establecer relaciones de poder sobre los otros; la segunda, que una manera de escapar a esto es centrarse en uno mismo, y la mejor manera de esto es entregarse al goce personal que nos permite el libertinaje. Y ésta parece ser hoy una de las pocas alternativas que nos queda. Como advierte Camus, para quien está solo, sin dios ni amo, el peso de los días se le vuelve terrible. Ya no estando dios en el mundo, hay que elegirse un amo. Y este amo hoy no parece ser otro que el sujeto mismo, de allí su entrega al hedonismo desenfrenado.

Eduardo Schele Stoller.

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