María Zambrano: la distinción entre filosofía y poesía

Para la filósofa María Zambrano, filosofía y poesía responden a intereses e inquietudes distintas. Mientras en la poesía hallamos por gracia al hombre concreto, en la filosofía lo encontramos, metodológica y racionalmente, en su historia universal y en su querer ser. Lo racional refiere a la filosofía desde sus orígenes al “logos”, a la palabra que crea, ordena, mueve y legisla. La filosofía, según Zambrano, parte del fracaso, del desgarramiento, del intento de capturar algo que no tenemos y que necesitamos. Siguiendo el camino de la filosofía, el filósofo abandonó la superficie del mundo, la inmediatez de la vida, caracterizándose así por la renuncia o el ascetismo. En este afán, vida, cosas y fenómenos serán exprimidos para llegar al núcleo central de su fundamento (2006: 13-14, 16-17).

El poeta, en cambio, no renuncia ni busca, en parte por la sobreabundancia de información que tiene ante sus sentidos, todas cosas y fenómenos que pretende, casi sin obstáculos, alcanzar. Estos límites en filosofía están claramente circunscritos, determinando un orden y perspectiva claro a través de ciertas formas y principios (2006: 17-18). La poesía busca transgredir este orden, esta delimitación de lo que se debe decir. Si a la filosofía, podríamos agregar, la determina el deber, a la poesía la mueve el querer, dando cuenta de todo aquello que no puede ser demostrado lógicamente.

La poesía persigue, señala Zambrano, lo múltiple, lo heterogéneo, enamorándose y apegándose a las cosas. No concibe la renuncia a las mismas a fin de llegar a la unidad. Mientras el filósofo viaja hacia el ser oculto tras las apariencias, el poeta se conforma y amarra a las mismas. Mientras el filósofo se aleja, el poeta está mucho más cerca de fenómenos e identidades. Y es que el filósofo, afirma Zambrano, quiere lo uno, porque lo quiere todo, mientras que el poeta no quiere todo, pues teme, al pretender esto, perderse las particularidades y matices del mundo (2006: 19-21). El poeta no sabe así de restricciones ni abstracciones, como hemos señalado, no está dispuesto a la renuncia. Su interés es la posesión. En consecuencia, no cree en la verdad y en la distinción entre lo aparente y lo real. Zambrano considera así que el poeta no sigue rutas preparatorias ni rodeos, no tiene método ni ética. La palabra en poesía no es sinónimo de logos, sino que la palabra está al servicio de la embriaguez, de lo irracional, desde donde el hombre logra descansar, ya no desvelándose por la esperanza de lo racional. A través de la poesía, Zambrano considera que el hombre no solo se conforma con las sombras de la pared cavernaria, sino que también logra crear y venerar sombras nuevas, dejando que hablen, a través de las palabras, las sombras (2006: 22, 24-25, 33).

Mientras el filósofo desdeña las apariencias (sombras) por perecederas, el poeta, por la misma razón, se aferra a ellas, queriéndolas poseer antes de que desaparezcan. El filósofo se salva de esta nostalgia, que Zambrano denomina como “melancolía funeraria de las hermosas apariencias”, apelando al camino de la razón, mediante la cual logra entrever cierta esperanza, de allí que se atreva a pagar con la renuncia ascética (2006: 38). Pero, ¿qué es lo que está tranzando realmente el filósofo? ¿Renuncia a cambio de qué? La promesa es la de un conocimiento real, trascendente, esencial, verdadero. La vida del asceta viene justificada por una supuesta correspondencia con algo superior, con algo que hace parecer todo lo cotidiano como un mero engaño, ilusión o sin sentido. Nuestra época ya no sigue este rumbo, en parte, porque la creencia o la fe en la existencia en tal plano superior y su acceso se ha derrumbado. Ya no parece haber nada tras el velo y, en consecuencia, ideal de elevación o búsqueda. Hoy el hombre sabe lo que quiere; poseer y ser poseído. En este sentido, el hombre actual está a un paso del poeta. Solo le falta el dominio de la palabra para expresar explícitamente sus deseos y frustraciones. Pero mientras más nos acercamos a los poetas, más nos alejamos de los filósofos, haciéndolos parecer hoy más descontextualizados que nunca.

Eduardo Schele Stoller.

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