María Zambrano: la distinción entre filosofía y poesía

María Zambrano: la distinción entre filosofía y poesía


María Zambrano diferenciaba entre filosofía y poesía, argumentando que cada una responde a intereses e inquietudes distintas. La filosofía se asocia con lo racional, y desde sus orígenes está relacionada con la palabra que crea, ordena, mueve y legisla. Zambrano sostenía que la filosofía parte del fracaso, del desgarramiento y del intento de capturar algo que no tenemos y que necesitamos. En su afán, el filósofo abandona la superficie del mundo y la inmediatez de la vida, caracterizándose por la renuncia o el ascetismo. En su búsqueda, la vida, las cosas y los fenómenos son exprimidos para llegar al núcleo central de su fundamento.

Por su parte, el poeta no renuncia ni busca, en parte debido a la sobreabundancia de información que tiene ante sus sentidos, todas las cosas y fenómenos que pretende, casi sin obstáculos, alcanzar. En filosofía, los límites están claramente circunscritos, determinando un orden y una perspectiva claros a través de ciertas formas y principios. La poesía, por el contrario, busca transgredir este orden y esta delimitación de lo que se debe decir. Si a la filosofía la determina el deber, a la poesía la mueve el querer, dando cuenta de todo aquello que no puede ser demostrado lógicamente.

La poesía persigue lo múltiple y lo heterogéneo, enamorándose y apegándose a las cosas. No concibe la renuncia a las mismas a fin de llegar a la unidad. Mientras que el filósofo viaja hacia el ser oculto tras las apariencias, el poeta se conforma y se amarra a las mismas. El poeta está mucho más cerca de los fenómenos e identidades, mientras que el filósofo se aleja de ellos. Según Zambrano, el filósofo quiere lo uno, porque lo quiere todo, mientras que el poeta no quiere todo, pues teme perderse las particularidades y los matices del mundo.

El poeta no conoce restricciones ni abstracciones y no está dispuesto a renunciar a las cosas que ama. Su interés es la posesión. En consecuencia, no cree en la verdad y en la distinción entre lo aparente y lo real. Zambrano considera que el poeta no sigue rutas preparatorias ni rodeos, no tiene método ni ética. En la poesía, la palabra no es sinónimo de logos, sino que está al servicio de la embriaguez y de lo irracional, desde donde el hombre logra descansar, dejando de desvelarse por la esperanza de lo racional. A través de la poesía, el hombre no solo se conforma con las sombras de la pared cavernaria, sino que también logra crear y venerar sombras nuevas, dejando que hablen, a través de las palabras, las sombras.

Mientras el filósofo desecha las apariencias (llamadas sombras) por considerarlas efímeras, el poeta se aferra a ellas, deseando capturarlas antes de que desaparezcan. El filósofo escapa así a la nostalgia que Zambrano describe como la «melancolía funeraria de las hermosas apariencias» al seguir el camino de la razón, que le permite vislumbrar cierta esperanza y justificar su renuncia ascética.

Eduardo Schele Stoller.

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