Analizando los factores que afectan el progreso o mayor desarrollo de la humanidad, en su Ensayo sobre el principio de la población, Thomas Malthus llegaba a la conclusión que ésta se ve necesariamente limitada por los medios de subsistencia. Si la población aumenta, estos tenderán a escasear, de allí que uno de los mayores peligros para la humanidad sea el exceso de población, causa de guerras y tiranías en el mundo. El pueblo debe considerarse a sí mismo, señala Malthus, como la principal causa de sus sufrimientos, los cuales tienden a despertar en la multitud ideas revolucionarias que, llevadas por ignorancia, terminan en convertirse a la larga en enemigas de la libertad.

Es necesario, afirma Malthus, disminuir el socorro hasta su total desaparición, desautorizándose públicamente el supuesto derecho de los pobres a ser mantenidos por la sociedad. La práctica de la caridad, a su juicio, promueve la imprevisión y la holgazanería. Debe terminarse, pues, tanto con las instituciones como con las ideas que llevan a este fin. Mientras, se debe educar al hombre para inculcarle que no tiene la obligación de trabajar para propagar la especie, sino para contribuir en la medida de sus posibilidades al bienestar, por ejemplo, no constituyendo familia si no puede mantenerla. Según Malthus, el movimiento que nos impulsa a socorrer a nuestros semejantes es, como todas las pasiones, ciego e irreflexivo, pues, usualmente, nos lleva a proteger al mendigo profesional, fomentando con ello la holgazanería, dejando al hombre decente entregado a la miseria y contraviniendo la naturaleza.

En El hábito de la bondad, el psicólogo Adam Phillips y la historiadora Bárbara Taylor defienden que los actos bondadosos producen placer a quien los realiza, en base a lo que sería una especie de deseo innato a relacionarnos. Creen así en una tendencia natural hacia la bondad, ya presente en los niños, pero corrompida posteriormente por la sociedad. Hoy más que nunca nos aislamos en búsqueda de seguridad, lo cual, a juicio de Phillips y Taylor no nos lleva más que a una profunda tristeza, pues la gente necesita de la gente para realizar su humanidad. El individuo depende de todo un entramado social para su desarrollo. Si el gozo, según estos autores, suele darse en compañía, ¿de dónde proviene nuestro egoísmo? Una explicación es aludir a las teorías filosóficas y científicas que, desde la modernidad, han propiciado tales visiones. Malthus, como hemos visto, mostró que toda sociedad gobernada por la benevolencia estaba condenada a la pobreza y la desdicha. De no haber pobreza y desigualdad caeríamos en la superpoblación y la miseria. La caridad, según esta teoría, conduce de hecho a una mayor pobreza. El motor del progreso, para el capitalismo, es así el egoísmo, el cual pasa a fundamentar la moral de los fuertes, de los autónomos. En efecto, los fuertes, al ser menos vulnerables, no requieren de la bondad.

Malthus consideraba que su ensayo solo perseguía la finalidad de mejorar la condición de los pobres, aunque la responsabilidad de su condición la asigne a ellos mismos y no a los gobiernos que los rigen ¿Qué ignorancia se le puede imputar a los pobres? ¿La de no autorregularse? En el fondo, el problema real para Malthus no sería la acumulación de riquezas y, por ende, la escasez de las mismas para una clase social. El problema sería la existencia misma de esta clase. No se es pobre porque no haya recursos, sino que no hay recursos porque abundan los pobres. Este es un argumento peligroso, pero que ha sido defendido y aplicado socialmente. De hecho, Malthus reconoce que los principales medios para lograr estos cometidos han sido la contención moral, el vicio y la desgracia. La moral siempre ha funcionado como un regulador de la conducta, pero al decaer sus máximas, en la actualidad parece que la alternativa de quienes gozan de mejores condiciones de vida y, en consecuencia, de dominación, ha sido promover el vicio, para que, convertido en desgracia, lleve a los más desposeídos a autoconsumirse, en lo que sería una especie de genocidio gradual. Como han señalado Phillips y Taylor, durante gran parte de la historia el concepto de bondad ha ido asociado al cristianismo, asumiéndose mayoritariamente de manera dogmática, esto es, como fe universal (“ama a tu prójimo como a ti mismo”). La bondad ha sido durante mucho tiempo impuesta, no razonada. Quizás por esto escasea un real convencimiento ante la misma, reduciéndose meramente a un hábito, a la realización de una serie de actos sin sentido.

Eduardo Schele Stoller.

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