Lihn: lenguaje y muerte

Los vivos estamos muertos, los muertos estamos vivos.

Podemos ver en la poesía de Enrique Lihn las mismas demandas que se han hecho desde ciertas filosofías del lenguaje con respecto a los límites de nuestros conceptos para designar a las cosas. Nada tiene que ver, nos dice Lihn, el dolor con el dolor o la desesperación con la desesperación, pues las palabras que usamos para dar cuenta de estas cosas están viciadas por los comunicadores, quienes dirigen el mundo, eligiendo nombres y clavándolos en el inconsciente colectivo de los consumidores. Y esta misma descripción, como diría Wittgenstein, lo que hace es viciarlas aún más, ya que nuestras palabras no pueden atravesar la barrera de lo desconocido (la zona muda) (2015: 21, 39-40).

El lenguaje espera el milagro de una tercera persona, un habla de por sí, inhumano, a través del cual, por ejemplo, podamos describir lo que no es. Es la muerte, señala Lihn, el sueño de la letra donde toda incomodidad tiene su asiento. La muerte representa la barrera del espejo, lo que no se puede ver, es una nada que nos lleva a abandonar lo hecho por otros, que nos sitúa en un lugar equidistante entre los vivos y los muertos, desde donde se divisen el fundamento y el sentido. No el que le imponen los nombres providenciales sino el que los borra (2015: 22, 35-36, 57, 62).

Pero de esto Lihn constata que no es mucho lo que puede decirse. Todo es sobre ella, no desde ella. La muerte es una cosa sorda, muda y ciega, que solamente antropomorfizamos en vista de eliminar nuestro temor ante la misma (2015: 69). Así, de lo que nos muestra Lihn podemos evidenciar cierto atractivo hacia el abismo que nos lanza la muerte, pues en ella somos más libres que en la vida misma, repleta de palabras y referentes arbitrarios. Quizás lo que represente de mejor manera nuestra actitud por la muerte es el miedo que sentimos ante la misma. Es el miedo el que nos hace suspender el juicio ante su presencia, pero también es el miedo el que nos hace querer conceptualizarla. Si transgredimos todos los límites del lenguaje es porque queremos hacerla conocida, esto es, más humana.

Eduardo Schele Stoller.

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