Heidegger: arte y verdad

La pregunta sobre el origen de la obra de arte, afirma Heidegger, interroga por la fuente de su esencia. La obra surge de la representación y de la actividad del artista. El artista es el origen de la obra, pero la obra a su vez también es el origen del artista. Ninguno es sin el otro (1992: 37). En principio la obra de arte debe ser considerada como cosa, esto es, unión de materia y forma, que, como tal, logra estimular nuestras sensaciones. Si bien puede asemejarse a los otros objetos útiles creados por el hombre, este se parece más a las cosas espontaneas, pues más bien no tienden a nada concreto. Lo distinto de la obra de arte radica de que en ella, señala Heidegger, se ha puesto (asentado establemente) en operación la verdad del ente. Esta es la esencia del arte; mostrar verdad, más que crear utilidad (artesanía). En la obra, entonces, no se trata de la reproducción de los entes singulares existentes, sino de la reproducción de la esencia general de las cosas. La obra de arte abre o desentraña a su modo el ser del ente (1992: 48-50, 53, 63-64, 67).

La obra, afirma Heidegger, mantiene abierto lo abierto de un mundo. Pero es un mundo que ha formado el mismo hombre sobre la tierra, la cual se nos tiende, no obstante, a ocultar. Es sinónimo de verdad, entendida en el sentido griego de desocultamiento del ente. Según esto, una proposición es verdadera cuando se ajusta correctamente a lo desocultado, es decir, a lo verdadero (1992: 75, 77-78, 83-84). Así se alumbra, señala Heidegger, el ser que se auto-oculta. Esta luz pone su brillo en la obra, el cual pasa a identificarse con lo bello. La belleza es así un modo de ser de la verdad, pero no una aislada de la historia de quien la contempla, sino que la contemplación misma se sitúa desde sus vivencias. La proyección Poética de la verdad que se sitúa en la obra, afirma Heidegger, jamás se realiza en lo vacío e indeterminado, sino que se proyecta hacia contempladores que cuentan como un grupo humano histórico (1992: 90, 105, 115).

Todo arte, afirma Heiddeger, es dejar acontecer el advenimiento de la verdad del ente en cuanto tal. El arte es en esencia Poesía. La esencia poetizante del arte hace un lugar abierto en medio del ente, en cuya apertura es distinto que antes. Por la proyección que desoculta al ente hacia nosotros, todo lo habitual y lo existente deja de ser ente. La acción de la obra no consiste en un efectuar causal, sino en generar un cambio que acontece por virtud de la obra, por medio de la desocultación del ente. En suma, la obra de arte nos arranca de la habitualidad, insertándonos en lo abierto por la obra misma, esto es, la verdad del ente cuando se contempla. El arte permite brotar a la verdad (1992: 110-111, 114, 118).

El arte se distingue por tanto de la labor científica, ya que esta última, a juicio de Heidegger, no es un acontecer originario de la verdad, sino el cultivo respectivo de un terreno ya abierto de la verdad, el que pasa luego a fundamentarse como necesariamente correcto. A su vez, cuando una ciencia llega a una verdad más allá de lo correcto, esto es, al esencial descubrimiento del ente en cuanto tal, hablamos de filosofía (1992: 98). Según lo anterior, el arte es de suma importancia, pues es el que, mediante el cultivo del asombro y la contemplación, abre el camino a la investigación y profundización de la verdad. Como sabemos, la verdad Heidegger la ha entendido en un sentido metafísico de correspondencia. Pero aquí cabría preguntarse, ¿cómo afecta la decantación de este tipo de verdad a otras de tipo coherentista, relativista o pragmática? Si la verdad se diluye, el arte, consecuentemente, también debería hacerlo, pues ya no puede considerarse como la puerta a algo más trascendente o, al menos, pasa a ser una puerta que ya no se abre. Y en efecto, presenciamos en la actualidad una creciente desvalorización del arte, al no verse en éste más que un medio de expresión correspondiente a los más diversos intereses del sujeto (políticos, por ejemplo). Ninguna esencia se pretende revelar ahora a través de sus obras, sino que todo se mueve en la apariencia. El arte pasa así a acomodarse a los intereses (mundo) del espectador. El arte, en este sentido, ya no abre, sino que más bien, nos encierra en utilidades ajenas. De allí también la anemia de lo bello.

Eduardo Schele Stoller.

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