Bataille: exceso y gasto

Actualmente se considera que la actividad social implica que todo esfuerzo particular debe ser reducible, para que sea válido, a las necesidades fundamentales de la producción y la conservación. El placer a su vez queda reducido a un mero descanso, subsidiario, de la actividad social productiva. Pero un joven, señala Bataille, capaz de derrochar y destruir sin sentido, se opone a esta concepción miserable, cuya actitud se es incapaz de justificar utilitariamente. Una sociedad humana puede estar interesada, afirma, en pérdidas considerables, en catástrofes que provoquen, según necesidades concretas, abatimientos profundos, ataques de angustia y, en último extremo, un cierto estado orgiástico. Esto es el gasto improductivo (1987: 26-27).

La actividad humana, a juicio de Bataille, no es enteramente reducible a procesos de producción y conservación. De hecho, la consumición puede ser dividida en dos partes distintas. La primera está representada por el uso de un mínimo necesario a los individuos de una sociedad dada para la conservación de la vida y para la continuación de la actividad productiva. Mientras que en la segunda
se dan los gastos improductivos, tales como el lujo, los duelos, las guerras, la construcción de monumentos, suntuarios, los juegos, los espectáculos, las artes, la actividad sexual perversa, las cuales tienen su fin en sí mismas. Si bien Bataille advierte que estas grandes y libres formas de gasto improductivo han desaparecido, esto no quiere decir que el principio mismo del gasto improductivo haya dejado de ser el fin de la actividad económica (1987: 28, 36).

Y es que Bataille parte del supuesto que el organismo vivo recibe en principio más energía de la necesaria para el mantenimiento de la vida. La energía excedente, considerada como riqueza, puede ser utilizada para el crecimiento de un sistema o para gastarlo improductivamente. Estos excesos de fuerza son los factores más peligrosos para una comunidad, de allí que en la antigüedad se haya buscado su descongestión a través de inutilidades como fiestas o la construcción de monumentos. Mientas que nosotros lo hacemos mediante la creación de una serie de servicios que buscan facilitar la vida, cuyos excedentes llegan a ser tales que se gastan en guerras y conflictos armados (1987: 57, 60).

Para evitar la autodestrucción deberíamos, señala Bataille, encauzar la producción excedente hacia la extensión racional de un crecimiento industrial costoso, o hacia las obras improductivas disipadoras de energía (1987: 61). Ya sabemos que el actual sistema neoliberal no permite este último tipo de gasto. Hoy el consumo va de la mano de la producción, puesto que si hay producción de bienes y servicios es para que sean consumidos, y esto último, a su vez, es lo que permite la producción. En este círculo enajenante no hay gasto libre, no hay individuo improductivo, no hay posibilidad de ningún tipo de nihilismo, aunque sea episódico. De esto no podemos esperar más que una sociedad enferma, angustiada, estresada, reprimida y frustrada. Al respecto los antiguos eran infinitamente más sabios que nosotros, al darnos cátedra sobra la dilapidación improductiva de energía. Dionisio ha muerto, y con su deceso, hemos perdido las válvulas de escape necesarias para una vida plena.

Eduardo Schele Stoller

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