Tecnología: libertad y moral

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Para los enfoques racionalistas modernos como el de Kant, libertad y moral van de la mano. Sin libertad no hay decisión, voluntad, conciencia, razón por la cual no podríamos hacer responsable a un individuo por sus actos. La libertad es así una precondición de la moral. Sin embargo, producto del desarrollo de la tecnología ésta ha modificado sus límites drásticamente y con ello también a los de la moral. Ante esto, Habermas se pregunta si la auto transformación genética de la especie puede ser considerada como un incremento de la autonomía particular o como un socavamiento de la auto comprensión normativa de personas para que guíen su propia vida (2002: 44-45).

Solo en la comunidad de seres morales, afirma Habermas, los miembros pueden obligarse recíprocamente y esperar los unos de los otros comportamientos conformes a normas intersubjetivas. La «dignidad humana» para Habermas tiene que ver precisamente con esto; la simetría de las relaciones morales, las cuales permiten un reconocimiento reciproco en el trato que las personas mantienen entre ellas (2002: 50-51). Considera además al comportamiento moral como una respuesta a las dependencias y necesidades derivadas de la imperfección y fragilidad de la existencia humana (infancia, enfermedad, vejez). La regulación normativa de las relaciones interpersonales puede entenderse, señala Habermas, como una envoltura protectora contra las contingencias a las que se ven expuestos el cuerpo y la persona. A su juicio, esto deja entrever el grado de dependencia del individuo hacia los demás, producto de su nacimiento «inacabado» y necesidad, en consecuencia, de desarrollo. Y es en este proceso socializador que un organismo se convierte en persona, en un contexto público de interacción de un mundo de la vida compartido intersubjetivamente (2002: 51-52). Sólo en la publicidad de una sociedad hablante, sostiene Habermas, el ser natural se convierte a la vez en individuo y persona dotada de razón e identidad el poder de razonar de la especie, adquirido culturalmente, puede desplegar su fuerza unificadora y creadora de consenso en la diferencia de las múltiples perspectivas de sí mismo y del mundo (2002: 53).

Pero esto implica para Habermas que la moral se dé solo entre personas que actúan y que puedan entrar conflicto entre ellas para una convivencia justa. Esta expectativa de aceptabilidad racional, a su juicio, se desvanece si la descripción del conflicto y la fundamentación de las normas oportunas dependen de modos de vida privilegiados y de la auto comprensión existencial, esto es, del sistema interpretativo que sustenta la identidad de un particular o un grupo determinado de ciudadanos. Este es precisamente el peligro que corren estas interacciones con el desarrollo de las nuevas tecnologías eugenésicas, pues estas al determinar el libre devenir de los individuos no hace equitativa las relaciones morales, pues se afecta la autopercepción del afectado (2002: 57, 72).

Esto no deja de ser contradictorio en las sociedades liberales, donde, señala Habermas, los ciudadanos tienen el derecho a seguir sus propios planes individuales. A través de la intervención genética se fija a la persona afectada a un determinado plan vital, coartando su libertad para elegir una vida propia. Se impide a través de esto, afirma Habermas, una relación simétrica entre el programador y el producto «delineado». La programación eugenésica perpetúa una dependencia entre personas que saben que para ellas está excluido por principio intercambiar sus respectivos lugares sociales (2002: 84, 89).

Es evidente los problemas que genera la posible intervención genética en los seres humanos para una participación equitativa o simétrica en la comunidad moral. Sin embargo, ¿cuándo ha existido realmente esta simetría? ¿Es acaso la crianza o educación de un niño una relación equitativa? Padres, tutores, instituciones, el Estado, determinan en qué y cómo educar a los individuos. La moral, a diferencia de lo que cree Habermas, en realidad no es un juego democrático, sino que deontológico, esto es, basado en el deber y la obligación. La moral es algo que se impone a través de principios a priori, independientes de toda circunstancia o contingencia. En este sentido, el trato con el que está por nacer siempre será desigual. La diferencia radical que incorpora la tecnología de intervención genética es que de aplicarse esto será irreversible, algo que sí puede ocurrir en el ámbito educativo e ideológico.

Sin libertad no hay responsabilidad y, en consecuencia, moral. Con la determinación genética las nuevas generaciones serán menos responsables por sus acciones. ¿Pero acaso lo son más las actuales? Estas también han sido determinadas en su educación por modelos que han delineado sus intereses y convicciones, disfrazando todo esto con un supuesto halo de libertad de decisión y de creación de proyectos propios. Esto no es más que un intento por liberarnos de la responsabilidad de no permitirle la responsabilidad a quienes vendrán después de nosotros.

Eduardo Schele Stoller.

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