El narcisismo exitista

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A juicio de Byung-Chul Han, vivimos en una sociedad cada vez más narcisista. Al narcisista el mundo se le presenta como una proyección de sí mismo, no siendo capaz de conocer a otro en su alteridad. Solo hay significaciones allí donde él se reconoce a sí mismo. Deambula por todas partes como una sombra de sí mismo, hasta que se ahoga en sí mismo. Efecto de esto es la depresión. El narcisista depresivo está agotado y fatigado de sí. Carece de mundo y está abandonando por el otro.

En cambio, afirma Han, el Eros arranca al sujeto de sí mismo y lo conduce fuera, hacia el otro. El actual sujeto narcisista está abocado al rendimiento y éxito personal. Eros hace posible una experiencia del otro en su alteridad, sacándonos del infierno narcisista, generando un desconocimiento de sí mismo, un vaciamiento.

La sociedad del rendimiento está dominada en su totalidad por el verbo poder, en contraposición a la sociedad de la disciplina, que formulaba prohibiciones, caracterizadas por el verbo deber. La llamada a la motivación, a la iniciativa, al proyecto, es más eficaz que la explotación, que el látigo y el mandato. Pero el sujeto del rendimiento, como empresario de sí mismo, no es realmente libre, pues se explota a sí mismo. El explotador es ahora el explotado. La explotación de sí mismo, a juicio de Han, es mucho más eficiente que la ajena, pues va unida al sentimiento de libertad, la cual se manifiesta como depresión y agotamiento. El régimen neoliberal esconde su estructura coactiva tras la aparente libertad del individuo, que ya no entiende como sujeto sometido, sino como desarrollo de un proyecto. Quien fracasa es culpable. No hay nadie a quien pueda hacer responsable. No hay posibilidad de expiación, como en la religión.

Pero esto quiere decir que el depresivo narcisista no está fatigado de sí mismo, sino que de lo que le han hecho creer que es y de lo que debe hacer conforme a eso. Fatiga, cansancio, frustración, miedo, son solo algunas de las consecuencias psicológicas de la actual sociedad del rendimiento, el cual no cuenta realmente, como ha señalado Han, como un trabajo para sí mismo. Hoy somos quizás más libres de elegir entre una serie de proyectos ajenos, más no de quedarnos fuera de uno de ellos o de no rendir arduamente según nuestras propias exigencias. Ya lo anticipaba Séneca; mientras más altas las expectativas, más infelices, frustrados e irritables somos, pues nuestros deseos se alejan y acrecientan en la medida que creemos alcanzarlos. No se trata, pues, de desear y obtener más, sino que de necesitar menos. No obstante, en una sociedad de consumo irracional como la nuestra esto carece de toda lógica.

Eduardo Schele Stoller.

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