Lyotard: lo posmoderno y lo sublime

Lyotard caracteriza lo posmoderno desde el sentimiento de lo sublime. Este último tiene lugar cuando la imaginación fracasa y no consigue presentar un objeto mediante un concepto. Por ejemplo, señala Lyotard, tenemos ideas como la de mundo, lo simple, lo poderoso, pero no ejemplos concretos para cada una de ellas, por lo que no nos darían a conocer nada experimentable en la realidad. Esto es precisamente lo que intentan transgredir las vanguardias de la pintura al aludir a lo impresentable por medio de presentaciones visibles (21-22).

Lo sublime produce a su vez placer y pena. Por una parte tenemos el placer de que la razón exceda toda presentación, y por el otro, el dolor de que la imaginación o la sensibilidad no sean a la medida del concepto (25). Lo posmoderno seria así, afirma Lyotard, aquello que alega lo impresentable en lo moderno y en la presentación misma, aquello que se niega a la consolación de las formas bellas, al consenso de un gusto que permitiría experimentar en común la nostalgia de lo imposible, aquello que indaga por presentaciones nuevas, no para gozar de ellas sino para hacer sentir mejor que hay algo que es impresentable (25). En suma, el ideal moderno se basaba en lograr una representación homogénea u objetiva de todo, mientras que lo posmoderno renunciará a este ideal, al sostener que no todo es representable o que la representación misma es diversa.

Los metarrelatos, sostiene Lyotard, son aquellos que han marcado a la modernidad, a través de un discurso que apela a la emancipación progresiva de la razón, de la libertad, del trabajo, al enriquecimiento o a la salvación espiritual. Bajo ellos está la noción del futuro como algo que se ha de producir a futuro, en un sentido universal y orientando a todas las realidades humanas en base a un mismo proyecto (29-30). Estos proyectos de realización de lo universal, afirma Lyotard, no han sido abandonados, sino que liquidados, a partir, por ejemplo, de Auschwitz. Este crimen abre la posmodernidad. ¿Cómo después de esto, se pregunta Lyotard, puede seguir siendo creíble los grandes relatos de legitimización? Estos se han fragmentado en millares de historias, en ahora pequeños relatos que continúan tramando el tejido de la vida cotidiana (30-31).

¿Podemos continuar organizando, se cuestiona Lyotard, la infinidad de acontecimientos colocándonos bajo la idea de una historia universal de la humanidad? Su respuesta es negativa, al destacar que la razón cognoscitiva reside en las reglas del juego de lenguaje, por lo que cuando se reclama la razón de las reglas, se pregunta cuál es la razón de la razón. El clasicismo, al ser metafísico, daba esta razón primera. La modernidad, al ser crítica, recalcó la finitud de la razón, lo cual prohíbe razonar acerca del fundamento del razonamiento. Las posmodernidad, en cambio, al ser empírica-critica o pragmática, defiende que la razón de la razón no puede ser dada sin circularidad, pero la capacidad de formular reglas nuevas (axiomáticas) se descubre a medida que la necesidad de ellas se hace sentir (35, 74-75).

La duda arrojada sobre la razón viene de la crítica del metalenguaje, de la decadencia de la metafísica. Hay que acompañar a la metafísica en su caída, pero, advierte Lyotard, sin caer en el pragmatismo positivista y tecno científico contemporáneo, el cual no es menos hegemónico que el dogmatismo. Hay que trazar una línea de resistencia contra ambos. La defensa de las razones, señala Lyotard, procede efectuando “micrologías” (pequeñas razones) (77, 99).

Respondiendo a la pregunta de Lyotard; ¿podremos ahora congregarnos en torno a un mismo relato? A mi juicio, el único discurso que ha logrado universalizarse en la actualidad es el que sustenta los Derechos Humanos. En apariencia, este relato cumple las condiciones de los relatos modernos; universalidad, necesidad y proyección a futuro. Además, es de los pocos, si no el único, que tiene signos y referentes claros. Lo que representan los Derechos Humanos tiende a ser conocidos por todos y casi de manera unívoca. Aquí no cabe, al menos en principio, la no representación posmoderna o lo sublime. Con el fin de su aplicación y obediencia global, los Derechos Humanos tuvieron que disfrazarse de moral, aunque en su origen, y en sintonía con la visión actual, no respondan más que a una necesidad práctica en beneficio de la convivencia ética.

Eduardo Schele Stoller.

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