¿Para qué los filósofos?

En la filosofía, a juicio del francés Jean-François Revel, no existe ni técnica ni conceptos universales, sino que únicamente el vocabulario de una doctrina filosófica particular. De todas formas, sea cual sea el vocabulario que se emplee, debe asegurar el entendimiento del interlocutor profano (no filósofo), esto es, facilitar la comunicación, no impedirla. De lo contrario, la filosofía se convierte, señala Revel, en una prisión verbal, pues la terminología pasa a imponerse como condición previa que debe aceparse para discutir, rechazando en el fondo la actitud crítica, quedándonos solo en la posibilidad del comentario.

Revel afirma que esto va en contra del objetivo mismo de cualquier sistema filosófico; comprender y no ser comprendido. La dificultad estaría ya en el mismo nombre “filosofía”, pues, según Revel, no remite a ningún dominio determinado, por lo que debería más bien eliminarse. La filosofía de nuestra época es una tentativa desesperada por disimular esta disgregación. El punto de vista académico solo considera válidas a las doctrinas que aspiran a una explicación radical, integral y sistemática de un todo, en lo que es una concepción, sostiene Revel, religiosa de la verdad.

La crítica de Revel continúa al señalar que la filosofía es el último aspecto bajo el que se perpetúan las dos potencias de ilusiones, la religión y la retórica. En todas las épocas la religión ha sido un sucedáneo de la filosofía. En la nuestra, la filosofía es un sucedáneo de la religión. Si ha dejado de ser la filosofía la disciplina de liberación por excelencia, convirtiéndose ahora en el refugio de la pereza intelectual y de la cobardía moral ¿para qué, se pregunta entonces Revel, los filósofos?

Eduardo Schele Stoller.

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