Amor, erotismo y deseo

Ercole Lissardi ha destacado la existencia de dos paradigmas con respecto a lo erótico a lo largo de la historia. Por un lado, tenemos el amoroso, basado en una idea de amor exclusivo y espiritual, uno que no espera recompensa, reciprocidad, ni la posesión de su objeto. Este paradigma, señala Lissardi, esencialmente discursivo, ha reinado a lo largo de la historia de Occidente, modelando a las personas en sus búsquedas amorosas, mediante el logos, la Iglesia, el Estado y sus leyes (2013: 11-13). Mientras que el paradigma fáunico lo caracteriza por privilegiar el apetito sexual, el deseo y la voluptuosidad. En su origen, es mudo, pues se manifiesta solo a través de imágenes y representaciones. Si bien ha sido reprimido y rechazado por las instituciones que han regulado la vida y el pensamiento en Occidente, se ha desarrollado de igual manera en la clandestinidad (2013: 13). En sus comienzos, afirma Lissardi, este paradigma fue representado por el sátiro griego y el fauno romano (borrachos, juguetones y sensuales), los cuales se comienzan a diabolizar en el medioevo (Satanás como tentador al pecado), hasta su retorno en el renacimiento, donde resurge la imagen de Dionisos, intentando transgredir el paradigma amoroso que aprisionaba a la sensualidad humana (2013: 17-18, 31, 33, 37).

Es claro que el paradigma amoroso es el que se ha hecho prevalecer como lo moralmente bueno, mientras que el fáunico como algo esencialmente malo. Pero no por esto deja de ser necesario. Por ejemplo, el mayor poder de la iglesia, nos dice Lissardi, radica en el poder de perdonar los pecados. La iglesia necesitan de Satán, de que se peque. Al no podemos evitar pecar, la única salvación del individuo depende de ser absuelto, siendo así Satanás la moneda de cambio del confesionario, que habilita el acto de poder de la absolución (2013: 38, 40, 41). Satanás, afirma Lissardi, es el cemento que mantiene unido el edificio del poder eclesiástico, cuyas piezas claves son la confesión (sometimiento) y la absolución (perdón). Tal como un régimen totalitario, Lissardi señala que la Iglesia se inventa un enemigo exterior del que debe proteger al común de la población, para lo cual construye un sistema de control policiaco de la intimidad (2013: 42).

Pero este control ya no es efectivo, pues el hombre ha cedido ante lo que Lissardi denomina como cuerpo pornográfico contemporáneo, heredero del Renacimiento, el paradigma fáunico resurge con toda su fuerza, a través de su cotidianeidad en la saturación de imágenes alusivas al sexo, que nos invitan a la exhibición y al ceder al deseo sexual, prohibido durante tanto tiempo por la Iglesia (2013: 90, 92). La intimidad se ha vuelto en un espectáculo y en un vehículo para una serie de pasiones humanas reprimidas, tales como el exhibicionismo y el voyeurismo. Vivimos, a jucio de Lissardi, en un proceso de pornografización de la sociedad (arte, moda, publicidad, música) (2013: 107). En una sociedad hedonista desmesurada, en donde el único culto que vale es el de la imagen pública. Es cierto, nos hemos liberado del yugo de las intuiciones que coartaban el libre desarrollo de nuestros instintos, pero en esta rebelión caímos en el abismo inagotable del deseo, del querer por el querer, en un círculo sin fin de frustración y sufrimiento. En estos términos, el libertinaje no puede ser visto más que como una nueva esclavitud, la que ya no responde ante algo externo, sino que a la satisfacción de nuestro propio cuerpo.

Eduardo Schele Stoller.

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