Los filósofos como perros

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Michel Onfray reconoce en Diógenes a un maestro, pero uno que se niega a ser considerado como tal, que no manda y no quiere ser mandado. Libre de prejuicios, esclavo de nada ni de nadie. En síntesis, Diógenes fue un filosofo que desenmascaró las quimeras (vivía en un tonel, se masturbaba y pedorreaba en público), que valoraba solo el poder sobre sí mismo (realizó un famoso desaire a Alejandro Magno), que ejercía un dominio sobre el deseo y con ello alcanzaba la libertad (poseía solo un abrigo y un palo). Las diversas anécdotas en las cuales se vio envuelto Diógenes nos muestran que su principal objetivo era inquietar. “¿De qué sirve un hombre que ha pasado todo su tiempo filosofando sin jamás inquietar a nadie?” Al lleno de certezas, al clon que piensa como la hace su tribu, a ellos se dirigen los filosos dardos de Diógenes (a Platón, por ejemplo) (2016: 11, 15).

El perro es su símbolo, pero no cualquiera. Se refiere a aquellos que muerden en los tobillos a los distraídos, amigos y enemigos por igual. A aquellos que, despreocupado por las convenciones, les ladran a los ídolos adulados por la mayoría. Mastines, dogos, pit-bulls, representan este espíritu. Contrario, nos dice Onfray, a los yorkshires kantianos, pekineses tomistas y falderos hegelianos. Estos, entre muchos otros filósofos, nos vistieron de quimeras, cuando de lo que se trata es desnudarnos de las mismas.

Curiosamente, Platón también comparó la labor del filósofo con la del perro, pero, a diferencia de Diógenes, este es uno manso con los conocidos y hostil con lo desconocido. Éste correspondería a un rasgo que caracteriza al filósofo; la actitud del guardián del conocimiento. Para el cínico, Platón se equivoca de perro. El filósofo no puede ser guardián de un conocimiento, de una sabiduría. El filósofo es “amante de aprender”, “amante de la sabiduría”, no de la verdad. Si fuese amante de esta última el aprender ya no tendría sentido. Lo que le caracteriza es el ser crítico. Más hostil con lo conocido que con lo desconocido. Mientras desconfía de los que lo quieren amarrar, es acogedor con lo nuevo, con el extranjero. Es opuesto así al sumiso perro mascota. El filósofo busca, pero evita asentarse. Es un vagabundo epistemológico. Si ha de ser un perro, es un perro callejero, un quiltro, aquel animal que lo único que busca es inquietar y morder la mano de quien le da de comer.

Eduardo Schele Stoller.

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