Girard y el chivo expiatorio

Plagas y epidemias durante mucho tiempo en el pasado fueron considerados como castigos divinos, cuya culpa no era compartida equitativamente por todos, sino que habría siempre culpables directos de la tragedia, quienes debían sacrificarse por el resto (1986: 10). Estos son, nos dice Girard, los chivos expiatorios, en torno a los cuales los perseguidores están convencidos de la legitimidad de su violencia y venganza en una serie de persecuciones colecticas dadas a lo largo de la historia, tales como la matanza de los judíos durante la peste negra, la caza de brujas, la revolución francesa, estimuladas generalmente por una opinión pública sobreexcitada. Estas tienden a darse en periodos de crisis que provocaron el debilitamiento de las instituciones normales y favorecieron la formación de multitudes, las cuales buscaban en el fondo destruir el vínculo social que los sustentaba (1986: 12, 15, 21, 25).

Al respecto, Girard destaca que los términos “crisis”, “criterio” y “crítica”  provienen todos de la misma raíz, del verbo griego, “krino” que no sólo significa juzgar, distinguir, diferenciar, sino también acusar y condenar a una víctima. Chivo expiatorio denota, por tanto, simultáneamente la inocencia de las víctimas, la polarización colectiva que se produce contra ellas y la finalidad colectiva de esta polarización (1986: 34, 57). Esta lógica no viene a romperse con el espíritu científico, ya que éste, según Girard, es un subproducto del ejercicio religioso, el cual no ha salido del círculo de la violencia y de lo sagrado, sino que se ha reconstituido como una variante debilitada de los mitos y de los rituales. Girard cree que la ciencia es una construcción no más cercana o lejana a la verdad que otras (1986: 265-266).

¿Pero a quién persigue hoy la ciencia? Pues precisamente a todo aquello que no sea ciencia, que no cumpla o satisfaga sus criterios; religiones, pseudociencias, mitos, fantasías y hasta la misma filosofía. La culpable de nuestra decadencia pasa a ser la ignorancia, que no es más que desconocer o no saber de ciencia. La autoridad recae ahora en el científico y la máxima aspiración de cualquier disciplina es subirse a su pedestal, al ser catalogada como tal. Lo sagrado se mantiene alrededor del halo que representa su imagen, poseedora de la siempre anhelada verdad. Los sacrificios siguen existiendo, es su origen el que ha cambiado; ya no divino, sino que humano, demasiado humano.

Eduardo Schele Stoller.

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