Sobre la historiografía chilena

La historiografía es una disciplina que busca interpretar empíricamente el pasado. El historiador Julio Pinto identifica en Chile los siguientes enfoques a lo largo del siglo XX. El primero de estos es de un claro sentido nacionalista y conservador, y que resalta la decadencia en que, a su juicio, se hallaba la nación a principios de siglo. Los sucesos históricos, señalaba Edwards, tienen significado espiritual. Se derivan de algo inmaterial y pensante, de un alma que vive y se transforma. La tarea del historiador será, para esta historiografía, identificar aquella alma nacional. El destino de la nación es de un orden superior al de sus miembros. La sociedad para subsistir necesita de cadenas, espirituales o materiales, pues la libertad (individual) y lo orgánico son términos incompatibles. Todo esto es acompañado por una visión idealizada del pasado y pesimista del presente, exaltándose al Estado, como conductor imparcial y supremo de la nación, y a personajes de excepción, representantes de tal espíritu. Este primer enfoque historiográfico es de un orden metafísico, pues descansa en la idea de una especie de “esencia” nacional, la cual subyace a todo el acontecer histórico del país y el cual puede ser representado a través de instituciones y personajes. Ya lo decía Platón a través de su idealismo: la unidad (en este caso la nación) es anterior a la multiplicidad (los individuos).

El segundo enfoque pasa a considerar al país como un proyecto, como una construcción social. El de orden más político (marxista), pretendió introducir en su relato al gran ausente de la historia; el pueblo, considerado ahora como un actor decisivo para el desarrollo de la sociedad. Con esto, afirma Pinto, buscaba ser una historiografía más científicamente correcta y que contribuyera a una verdadera democracia. El otro enfoque, más académico, Pinto lo identifica como “estructuralista”, que concibe a la historia de una forma más democrática, ya no centrando en personajes, sino intentando abarcar el conjunto de la sociedad, a través de la vida común de las personas. Es una crítica a la historiografía hegemónica por su conservadurismo en un sesgo, señala Pinto, narrativo y positivista, en donde se aislaba a los individuos de sus factores históricos que hacen posible su actuar. Para el estructuralismo, pues, tiene más importancia los actores colectivos que los individuales. Es, sostiene Pinto, un enfoque narrativo, descriptivo, analítico y problematizador, el cual debe contemplar un análisis holista e interdisciplinario.

En dictadura, señala Pinto, vuelve a instaurarse la historiografía nacionalista conservadora, que, en vista de la supuesta crisis, debía refundar, unificar a la nación y salvarla de la decadencia. Sin embargo, en paralelo comienza a formarse lo que Pinto denomina como “nueva historia social” (Salazar), la cual ya no pretende hacer énfasis en la historia de los enemigos estructurarles, como habían hecho los marxistas, sino que en el mismo pueblo, parte de la nación que detenta realmente el poder histórico. Reconocerá, por tanto, a una serie de actores antes no contemplados por la historia: mujeres, campesinos, indígenas, bandoleros, etc. Esta es una historia desde abajo, dando más atención a la historicidad de los sujetos que al de las grandes estructuras.

Eduardo Schele Stoller.

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