¿Es la historiografía una ciencia?

Suele entenderse a la historiografía como una disciplina que busca interpretar empíricamente el pasado ¿Pude ser considerada tal labor como científica? Para responder a esta pregunta aludiremos, como ejemplo, a los enfoques historiográficos que identifica el historiador Julio Pinto en Chile a lo largo del siglo XX.

El primero de estos enfoques, de un claro sentido nacionalista y conservador, resalta la decadencia en que, a su juicio, se hallaba la nación a principios de siglo. Los sucesos históricos, señalaba Edwards, tienen significado espiritual. Se derivan de algo inmaterial y pensante, de un alma que vive y se transforma. La tarea del historiador será, para esta historiografía, identificar aquella alma nacional (2016: 21-22). El destino de la nación es de un orden superior al de sus miembros. La sociedad para subsistir necesita de cadenas, espirituales o materiales, pues la libertad (individual) y lo orgánico son términos incompatibles. Todo esto es acompañado por una visión idealizada del pasado y pesimista del presente, exaltándose al Estado, como conductor imparcial y supremo de la nación, y a personajes de excepción, representantes de tal espíritu (2016: 23, 26, 29-30). Este primer enfoque historiográfico es de un orden metafísico, pues descansa en la idea de una especie de “esencia” nacional, la cual subyace a todo el acontecer histórico del país y el cual puede ser representado a través de instituciones y personajes. Ya lo decía Platón a través de su idealismo: la unidad (en este caso la nación) es anterior a la multiplicidad (los individuos).

El segundo enfoque pasa a considerar al país como un proyecto, como una construcción social. El de orden más político (marxista), pretendió introducir en su relato al gran ausente de la historia; el pueblo, considerado ahora como un actor decisivo para el desarrollo de la sociedad. Con esto, afirma Pinto, buscaba ser una historiografía más científicamente correcta y que contribuyera a una verdadera democracia (2016: 35, 38-39). El otro enfoque, más académico, Pinto lo identifica como “estructuralista”, que concibe a la historia de una forma más democrática, ya no centrando en personajes, sino intentando abarcar el conjunto de la sociedad, a través de la vida común de las personas (2016: 52-53). Es una crítica a la historiografía hegemónica por su conservadurismo en un sesgo, señala Pinto, narrativo y positivista, en donde se aislaba a los individuos de sus factores históricos que hacen posible su actuar. Para el estructuralismo, pues, tiene más importancia los actores colectivos que los individuales. Es, sostiene Pinto, un enfoque narrativo, descriptivo, analítico y problematizador, el cual debe contemplar un análisis holista e interdisciplinario (2016: 53-55).

En dictadura, señala Pinto, vuelve a instaurarse la historiografía nacionalista conservadora, que, en vista de la supuesta crisis, debía refundar, unificar a la nación y salvarla de la decadencia (2016: 71-72). Sin embargo, en paralelo comienza a formarse lo que Pinto denomina como “nueva historia social” (Salazar), la cual ya no pretende hacer énfasis en la historia de los enemigos estructurarles, como habían hecho los marxistas, sino que en el mismo pueblo, parte de la nación que detenta realmente el poder histórico. Reconocerá, por tanto, a una serie de actores antes no contemplados por la historia: mujeres, campesinos, indígenas, bandoleros, etc. Esta es una historia desde abajo, dando más atención a la historicidad de los sujetos que al de las grandes estructuras (2016: 73, 84, 88).

Esta última historiografía podemos entenderla como una renovación del enfoque marxista, pues si bien se centra en el pueblo, ahora lo hace desde el pueblo. Este tipo de historia sería muy necesaria, pues, como ha señalado Heidegger, al hombre tiende a ocultársele su historicidad y, al ocurrir esto, pierde toda noción de sí mismo. Como también recalca Foucault, esto no parece ser algo casual, sino que es una forma nueva, estratégica, de internalización de quienes ostentan el poder en una sociedad. Pero al renegar del análisis más global de los estructuralistas, parece hacerse eco de lo que Lyotard denominó como “crisis de los grandes relatos”, esto es, de los grandes proyectos metafísicos, de promesas históricas. Hay una consecuente fragmentación en pequeños relatos, pequeñas historias, cada una de estas inconmensurables entre sí. No obstante, lo que este enfoque puede ganar en especificidad, lo parece perder en la interconectividad de los relatos.

Lo que pretendo concluir ya lo afirma Pinto: la historiografía es hija de su historia. Pretende guiar los destinos del país en determinadas direcciones, según la sociedad que cada uno de estos enfoques quiere tener. De allí que afirme que más que un ejercicio académico, la historiografía parece un enfrentamiento político (2016: 10, 13). ¿Puede condecirse con estos intereses la ciencia? De hecho, sí, ya que uno puede efectivamente ver los diversos intereses tras el financiamiento de la investigación científica. Sin embargo, en principio, la ciencia lo que busca es describir el mundo. Conocimiento desinteresado, saber por saber, diría Aristóteles. Si le preguntamos, por ejemplo, a un físico o biólogo teórico, qué intereses prácticos lo motivan, lo más probable es que se ofenda. Dudo que en sus trabajos algo de esto quede plasmado por escrito. Por herencia del positivismo, todo lo que tenga que ver con el contexto de descubrimiento (histórico, psicológico) de una teoría, es dejado de lado. Lo que importa es la descripción que la teoría hace del mundo y en qué medida esta puede o no ampliar nuestro conocimiento del mismo. La historiografía, en cambio, no es una mera interpretación o descripción del pasado, puesto que la mirada está puesta en la transformación, según los diversos intereses de turno, del futuro. La historiografía no tiene así un carácter meramente descriptivo, sino que, por sobre todo, normativo. Hay en ella una relación constante entre teoría y práctica, concibiéndose más bien como un instrumento para la acción. Por tanto, más que una ciencia, debería ser considerada como una tecnología social.

Eduardo Schele Stoller.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s