Sufrimiento simbólico

Lo que perturba y alarma al hombre no son las cosas sino sus opiniones y 
figuraciones sobre las cosas.

Epicteto

Entre el sistema receptor y el efector, afirma Ernst Cassirer, hallamos en el hombre como eslabón intermedio algo que podemos señalar como sistema “simbólico”. En comparación con el resto de animales, el hombre vive en una dimensión más amplia de la realidad. Mientras que las reacciones orgánicas se basan en respuesta directas e inmediatas ante un estímulo externo, en el ser humano, sostiene Cassirer, la respuesta es demorada e interrumpida por un proceso lento y complicado de pensamiento (1967: 25).

Gracias a esta facultad, el hombre ya no vive solamente en un universo físico sino que también en un universo simbólico. El hombre, señala Cassirer, ya no puede enfrentarse con la realidad de un modo inmediato; no puede verla cara a cara. La realidad física retrocede en la misma proporción que avanza nuestra actividad simbólica. Es decir, aunque suene paradójico, mientras más queremos conocer algo, más nos alejamos de ese algo. Y es que en lugar de tratar con las cosas mismas, advierte Cassirer, conversamos constantemente con nosotros mismos (1967: 26).

Los símbolos se han transformado en formas lingüísticas, en imágenes artísticas, en símbolos míticos, en ritos religiosos. Todo lo que conocemos se realiza a través de la interposición de algún medio artificial. Pero esta limitación o dificultad no solo es propia de nuestro conocimiento, sino que con ella también ha surgido el sufrimiento. Por culpa del simbolismo ya no vivimos, señala Cassirer, en un mundo de hechos o a tenor de sus necesidades y deseos inmediatos (instintivos). Vivimos en medio de emociones, esperanzas, temores, ilusiones y desilusiones imaginarias, en medio de sus fantasías y de sus sueños (1967: 26). Se reemplazan necesidades básicas por una serie de deseos y quimeras inalcanzables. Nuestra felicidad se aleja así en proporción inversa al desarrollo de la inteligencia conceptual, aumentando, por tanto, la capacidad de sufrir con respecto al resto de los animales. Si bien, como señala Cassirer, sin el simbolismo la vida del hombre sería la de los prisioneros en la caverna de Platón, confinada dentro de los límites de las necesidades biológicas e intereses prácticos (1967: 36), un hombre tal viviría de forma más plena que otro ser simbolizante, pues a este último no solo se le abre un mundo conceptual, sino que también uno de progresivo deseo y frustración.

Eduardo Schele Stoller

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