Hume: causalidad e incertidumbre

Según Hume no podemos ir más allá de la experiencia, por lo que toda hipótesis que pretenda descubrir las últimas cualidades originarias de la naturaleza humana deberá rechazarse desde el principio (2008: 39). Es imposible explicar las causas últimas de nuestras acciones mentales, ya que estas irían más allá del límite de nuestras ideas e impresiones. Nunca daremos realmente un paso fuera de nosotros mismos, ni podremos concebir otra clase de existencia que la de las percepciones manifiestas dentro de esos estrechos límites (2008: 69, 125).

A la base de esta imposibilidad está también nuestra forma de asociar ideas. Para Hume, causa y efecto, por ejemplo, es una relación que establecemos producto de la experiencia, mediante las relaciones de contigüidad y sucesión (conjunción) constante. La conexión necesaria que de aquí derivamos no está en los objetos, sino que en nuestras ideas sobre los mismos que adquirimos mediante la experiencia (2008: 128, 134, 143 149, 150). Con lo anterior solo podemos llegar a un conocimiento probable, sustentado en la conjetura de que existe semejanza entre objetos de los que hemos tenido experiencia y objetos no experimentados. Esto, recalca Hume, no es sólo una relación filosófica, sino que también natural (2008: 153, 155, 157).

Con respecto a la naturalización de la relación de causa y efecto, Hume llega a señalar que todo razonamiento probable no es otra cosa que una especie de sensación de asociar ideas basadas en experiencias pasadas por la costumbre. La costumbre actúa antes de que nos de tiempo a reflexionar. Los objetos parecen de tal modo inseparables que no tardamos ni un instante en pasar del uno al otro.  La experiencia puede producir una creencia y un juicio de causas y efectos mediante una operación secreta, sin siquiera necesitar pensar en ella (esto puede ser directo o indirecto, tácito) (2008: 171, 172). La suposición de que el futuro es semejante al pasado no está basada en argumentos de ningún tipo, sino que se deriva totalmente del hábito. Hume afirma que una vez que estamos acostumbrados a ver un objeto unido a otro, pasa nuestra imaginación del primero al segundo mediante una transición natural que es previa a la reflexión y no puede ser evitada por ella (2008: 210, 225).

Todo razonamiento no será así más que efecto de la costumbre. Nada nuevo produce ni descubre en los objetos la conjunción constante, ni tampoco la continua semejanza de sus relaciones de sucesión y contigüidad. Y sin embargo, es de esta semejanza de donde se derivan las ideas de necesidad, poder y eficiencia. Estas ideas, por tanto, no representan ninguna cosa que pertenezca o pueda pertenecer a los objetos que están en conjunción constante. La necesidad no es más que una impresión interna de la mente, no de los objetos. Poder y necesidad son cualidades de percepciones, no de objetos cualquier cosa puede producir cualquier otra. El hábito, afirma Hume, no es otra cosa que uno de los principios de la naturaleza, y deriva toda su fuerza de ese origen (2008: 227, 247-249, 257, 265).

Lo interesante en Hume es que el naturalismo no sólo es la causa del escepticismo, sino que también su solución. Esto se hace patente cuando Hume se pregunta ¿cómo es entonces que no suspendemos totalmente el juicio y la seguridad de nuestras creencias? ¿Por qué no caemos en un escepticismo radical? Ante esto responde que es gracias a la naturaleza que se rompen todos los argumentos escépticos, evitando que influyan de manera considerable en el entendimiento (2008: 273, 276). Sólo la falta de atención y el descuido pueden procurarnos algún remedio ante el escepticismo. La naturaleza, señala Hume, nos cura de la melancolía y delirio filosófico, mediante distracciones e impresiones vivaces de los sentidos. Debemos aceptar, declara Hume, la corriente de la naturaleza y someter a ella nuestros sentidos y entendimiento. No solo en música y poesía debemos seguir nuestros gustos sentimientos, sino también en filosofía (2008: 171, 314, 377, 378).

Nuestra razón pasa a concebirse aquí como una enfermedad, la cual viene a perturbar el curso normal de los procesos naturales. De otra forma no podríamos explicar la angustia, ansiedad e inseguridad que genera. El animal y el hombre de sentido común están gobernados por certezas; saben lo que quieren aunque no por qué lo quieren. Nuestra naturaleza, por tanto, no tiende a reflexionar, sino que más bien a obedecer, a seguir a otros, a guiarnos por nuestros instintos. De allí lo impopular de la filosofía, de allí también que esta haya sido siempre solo la enfermedad de unos pocos espíritus masoquistas.

Eduardo Schele Stoller.

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4 pensamientos en “Hume: causalidad e incertidumbre

  1. Por que limitarnos tanto a experiencias tan “reales”, que la conciencia o la imaginacion de todos los aspectos no podrian ser resultado de corrientes elementales externas a nosotros? La solucion podria ser permitir ser objeto de estudio o aceptar definitivamente que no somos el centro del universo y creyendo que esta conciencia solo pasará por nuestras manos aunque nunca podamos poseerla del todo, seguir sometiendonos a estas fuerzas. Tal vez, al despreocuparnos y olvidando del todo la “ansiedad” osea, tratando de deshumanizarnos, logremos alterar el curso del universo o la existencia humana

  2. Estimado Samuel, lo que usted propone se llama misticismo, una doctrina que precisamente trata de diluir el egocentrismo en el todo. Pero al hacer esto, desaparece el sujeto y, con ello, el conocimiento.

    Qué esté muy bien.
    Saludos.

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