La filosofía de Nicanor Parra

Lo primero que me llamó la atención de la poesía de Nicanor Parra fue su alusión constante a la filosofía y, en particular, al Tractatus de Wittgenstein ¿Por qué molestarse en hacer un gesto a esta obra? Creo que parte de esta reverencia se debe a que la anti poesía de Parra busca algo similar a lo que Wittgenstein aspiraba lograr con el Tractatus; jugar en los límites del lenguaje. En el caso de Wittgenstein, este aspiraba a delimitar lo que puede decirse con sentido empírico y lógico, mientras que Parra busca transgredir esta sensatez del discurso. De allí que afirme que su poesía puede perfectamente no conducir a ninguna parte y que nos invite a quemar vuestras naves, pretendiendo formarse un alfabeto propio (1995: 41-42).

Del sentido de Wittgenstein, Parra se vanagloria de su poesía sin sentido. Durante medio siglo, nos dice este último, la poesía fue el paraíso del tonto solemne, del discurso académico. El poeta es un hombre como todos, un constructor de puertas y ventanas, que conversa en el lenguaje de todos los días. Denunciamos, señala Parra, al poeta demiurgo, al poeta ratón de biblioteca, los cuales deben ser juzgados por construir castillos en el aire, por malgastar el espacio y el tiempo redactando sonetos a la luna (1995: 92, 147-148). Parra propone pues una poesía basada en la revolución de la palabra, mediante la cual sus resplandores lleguen a todos por igual. Se condena, por tanto, la poesía de pequeño dios, de “vaca sagrada”. Contra la poesía de las nubes, la poesía de tierra firme. Contra la poesía de café, la poesía de naturaleza. Contra la poesía de salón, la de plaza publica, la de protesta social. Los poetas, afirma Parra, bajaron del olimpo (1995: 149-150).

La verdad para Parra es un error colectivo. El deber del poeta consiste en superar la página en blanco, lo cual duda que sea posible ¿En qué sentido el no decir nada puede ser superior al decir algo? Aquí Parra vuelve implícitamente a aludir al Tractatus. De lo que no se puede hablar, afirma Wittgenstein, es mejor callar. Pero, ¿de qué es de lo que no se puede hablar? En el caso de Wittgenstein de los límites del lenguaje con sentido, de proposiciones con sentido metafísico, de todo aquello que posea características universales. En el caso de Parra de cualquier declaración de principio, de cualquier proposición que vaya más allá del discurso cotidiano, de la práctica común. De allí que nos pida un último deseo; quemar su libro, pues no representa lo quiso decir, así como Wittgenstein reconoció también que las proposiciones del Tractatus carecen del sentido que quiso delimitar (1995: 158, 160, 163).

Donde más similitud se ve con el enfoque lingüístico del primer Wittgenstein es cuando, en un marco empirista y casi positivista, Parra afirma que el  pensamiento muere en la boca. Como enemigo de la plegaria verbal, señala que en la realidad no hay adjetivos, conjunciones ni proposiciones, sino solo acciones y cosas. La interjección la pone el sujeto, el adverbio el profesor, el verbo ser es una alucinación del filósofo. De allí que exclame: “¡silencio mierda! Con 2000 años de mentira basta” y que se proponga luchar por una vida más lúdica, creativa, igualitaria y pluralista (1995: 170, 201, 204, 377). Es en esto en donde Parra y el Wittgenstein del Tractatus coinciden; para delimitar lo que se debe decir debemos decir lo que no deberíamos decir. Es por esto pues que ambos terminen afirmando el absurdo, el sin sentido de sus escritos, valorando más ante tal verborrea conceptual la acción y el silencio.

Eduardo Schele Stoller.

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