Conciencia, deseo y suicidio

Son tres, nos dice Schopenhauer, los resortes fundamentales de las acciones humanas: el egoísmo, la perversidad y la conmiseración. Toda acción humana debe referirse a uno de estos tres móviles. El único deseo del hombre es el de conservar su existencia, liberarse de todo dolor y privación. ¿Cómo mantener a raya este egoísmo radical? Una forma es a través del Estado, el cual, para Schopenhauer, es la obra maestra del egoísmo inteligente y razonado. Al caer éste, se verá la perversidad del hombre. El Estado nos convierte en Lobos con bozal. Pero lo que se encadena son solo nuestros actos, no la voluntad, pues, internamente, esta sigue siendo perversa (2003: 89-91, 93).

Sin embargo, Schopenhauer deja entrever una forma de salir de este egocentrismo primordial a través de la penetración en la esencia de las cosas en sí, logrando el descanso de todo deseo al centrarse más en el todo que en uno mismo. El hombre puede llegar así a la renuncia voluntaria, a la resignación, la tranquilidad verdadera, la ausencia absoluta de voluntad (2003: 97). Momentos en los cuales se alcanza este desprendimiento de uno mismo es también a través de la contemplación artística, mediante la cual nos libramos, al menos momentáneamente, de nuestros ávidos deseos. Estos representan, según Schopenhauer, nuestros instantes más felices, pues logramos rompen los lazos del querer (2003: 97-98).

El sufrimiento, por tanto, radica en el querer. En este sentido, señala Schopenhauer, el suicida no se mata porque ya no quiera vivir, sino que, aunque suene paradójico, es porque quiere en demasía la vida, solo se queja de las condiciones en que se le ofrece. Cesa de vivir porque no puede cesar de querer. Suprimiendo su vida, por tanto, la reafirma (2003: 99). El suicida no puede quedar libre del querer, es decir, dejar la voluntad. El sufrimiento soportado con valor, afirma Schopenhauer, le permitiría suprimir la voluntad. Pero se exime del sufrimiento destruyendo su cuerpo. Es preciso que un sufrimiento destroce nuestra voluntad antes que llegue al renunciamiento de sí misma. El dolor purifica, pues lleva a la negación de la voluntad de vivir, a la libertad de este mundo (2003: 99-100). Para Schopenhauer son tres las condiciones necesarias para alcanzar este estado: pasividad o renuncia a todo deseo (ascetismo), inmolación reflexiva de la voluntad egoísta, y misticismo (conciencia de la identidad de su ser con el conjunto de las cosas) (2003: 102). De esto se deriva una consecuente actitud pesimista, pues el optimismo reafirma la voluntad de vivir. Sin embargo, si Schopenhauer pretende suprimir la voluntad, y al lograrse esto, como el afirma, no queda nada, ¿no es esto más bien una muerte en vida? ¿Se puede vivir sin querer? ¿Qué motivación tendríamos bajo una anemia de deseo? En un estado tal nuestra misma reflexión quedaría anulada. Sin egoísmo, la reflexión se diluye en el todo, desaparece la conciencia, que, en primera y en última instancia, es conciencia de sí mismo.

Eduardo Schele Stoller.

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