¿Esperanza o relativismo?

Richard Rorty nos da una visión del pragmatismo estrictamente ligada a una visión democrática del mundo, ya que el pragmatista sustituye las nociones dogmáticas de “realidad”, “razón” y “naturaleza” por la intención de alcanzar beneficios para todos los seres humanos. Las teorías son vistas en consecuencia como meras herramientas para alcanzar estos fines (2001: 7, 13-14). La filosofía pasa a considerarse así como un instrumento para el cambio, no para la conservación. Se trata pues de concebir a la teoría como una ayuda para la práctica, en vez de ver la práctica como una simple degradación de la teoría (2001: 18).

Esta idea de la sobrevaloración de la dimensión práctica no fue exclusiva del siglo XX, sino que ya puede encontrarla en autores modernos como Francis Bacon, quien precisamente critica el paradigma griego de la superioridad teórica (artes liberales) sobre la práctica (artes serviles). El conocimiento para Bacon era una herramienta esencial para obtener poder, para lograr manipular nuestro entorno, para dominar la naturaleza. El pragmatismo sistematiza epistemológicamente esta visión, afirmando, por ejemplo, que debemos olvidarnos de la idea de que el conocimiento pueda representar la realidad, buscando, más bien, diversos modos para usarla. Para esto, no hay una actividad cognitiva superior a otra, ya que cualquier intento de establecer un criterio de justificación o superioridad se da, afirma Rorty, ante una audiencia en un contexto histórico determinado. Esto hace que las creencias pasen a valorarse más como reglas de acción que como intentos de representar la realidad, evaluándose estas mismas por los efectos diversos que podrían generar a futuro, es decir, por sus consecuencias (2001: 32, 36).

En este sentido, no hay ningún proyecto humano errado o ridículo en principio (siempre que este sea consensuado), pues lo importante no son sus fundamentos sino sus consecuencias. Lenguaje, conceptos y teorías pasan a ser vistos desde un punto de vista darwinista, es decir, si se adaptan o no a nuestro cambiante entorno. El pragmatismo, pues, va a priorizar la pluralidad de teorías (mientras más herramientas mejor), y criticará, en consecuencia, cualquier deseo de estabilidad, seguridad y orden arbitrario (2001: 76, 102).

El pragmatismo efectivamente es un enfoque epistemológico democrático, pues se sustenta en el deseo de un consenso social amplio a la hora de dirimir las teorías y creencias que nos regirán como comunidad, por sobre la opinión que pueda tener un conjunto de expertos o especialistas sobre algún tema. Al no haber una verdad, no hay autoridad cognitiva alguna que pueda dominar o cuya opinión sea superior al del resto. El único criterio de evaluación que queda, como ha señalado Rorty, es la utilidad, el fin, el beneficio que pueda alcanzarse a través de una u otra teoría. Sin embargo, ¿cómo establecemos qué es un beneficio, una utilidad o un fin deseable para todos? ¿Qué ocurriría en el caso de que dos grupos, igual de numerosos, quieran cosas opuestas? ¿Y si lo que quiere la mayoría nos hunde en el abismo? La virtud del pragmatismo es su respeto y tolerancia por los diversos tipos de creencia, la dificultad, el no poder establecer criterios objetivos para discriminar entre las mismas.

Eduardo Schele Stoller.

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