El espectáculo del yo

Para Guy Debord todo lo directamente experimentado se ha convertido en una representación. La realidad vivida, nos señala, se halla materialmente invadida por la contemplación del espectáculo. La realidad surge en el espectáculo, y el espectáculo pasa a identificarse con lo real. Esta alienación recíproca es la esencia y el sustento de la sociedad actual. En el espectáculo, imagen de la economía reinante, el fin no es nada y el desarrollo lo es todo. El espectáculo, afirma Debord, no conduce a ninguna parte salvo a sí mismo. El espectáculo es así la principal producción de la sociedad actual (2008: 16, 37, 40).

Allí donde el mundo real se transforma en meras imágenes, las meras imágenes se convierten en seres reales, y en eficaces motivaciones de un comportamiento hipnótico. Un mundo que ya no es directamente accesible, sostiene Debord, encuentra normalmente en la vista el sentido humano privilegiado (2008: 44). En esto debe radicar la fascinación actual por las pantallas. Televisores, celulares, computadores y el hipnotismo que generan. Este es un hipnotismo unilateral, no dialógico, pues el espectáculo se constituye allí donde hay representación independiente del que representa. La representación nos es dada en el espectáculo mismo para ser gozada por nosotros. Cuando la necesidad es soñada socialmente, el sueño se hace necesario. El espectáculo es el mal sueño de la sociedad moderna encadenada, que no expresa en última instancia más que su deseo de dormir. El espectáculo es el que vela por ese sueño (2008: 43-44).

El origen del espectáculo, afirma Debord, es la pérdida de unidad del mundo, y la expansión gigantesca del espectáculo moderno expresa la totalidad de esa pérdida: la abstracción de todo trabajo particular y la abstracción generalizada de la producción global se encuentran perfectamente traducidas en el espectáculo, cuyo modo concreto de ser es precisamente la abstracción (2008: 48). Por unidad del mundo podemos interpretar precisamente una interpretación común, un gran relato, para dar cuenta de lo que somos y de nuestra relación con el mundo. Al no haber esta unidad, propia de la modernidad, entre sujeto y objeto, nos quedamos en la mera representación, una representación espectacular, la que ha pasado a considerarse como un fin en sí mismo, puesto que ya no hay fines ulteriores que nos permita considerarlas como solo medios, herramientas.

Debord señala que bajo un estado de alienación del espectador ante el objeto contemplado, mientras más contemplación hay, menos se vive y menos se comprende la propia existencia y deseos. Los gestos y, podríamos agregar, pensamientos de un hombre así, dejan de ser suyos, para convertirse en los gestos de otro que los representa para él (2008: 49). La enajenación no significa de este modo el no querer conocerse a sí mismo, sino que, bajo la óptica contemporánea, el objetivo sería conocerse pero no a través de sí, sino a través de otros, representando una imagen (espectacular) en los demás. En suma, lo que se quiere es ser parte del espectáculo, proyectándose lo más lejos posible a través de una pantalla global. Esto quizás nos explique la necesidad constante de aprobación a través de las redes sociales.

Eduardo Schele Stoller.

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