El magnicidio de lo simbólico

Carl Gustav Jung sostiene que en cada experiencia humana hay un número ilimitado de factores desconocidos, lo cual nos impide poder conocer la naturaleza última de la realidad. Esto nos ha llevado, desde tiempos inmemoriales, a simbolizar todo aquello que no hemos podido expresar con palabras. Esto es algo que puede verse reflejado en nuestros sueños, los cuales cuentan como una manifestación de nuestro inconsciente (1995: 23-39).

Aquí se hace atingente distinguir entre signo y símbolo. El signo, señala Jung, es siempre menor que el concepto que representa, mientras que el símbolo representa algo más que su significado evidente o inmediato. Pero además, para Jung, los símbolos son productos naturales y espontáneos en nosotros (1995: 55). Son a través de estos símbolos que los arquetipos se manifiestan. Estos últimos son entendidos por Jung como la forma en que los instintos se manifiestan a través de ciertas fantasías e imágenes. El inconsciente esta guiado principalmente por tendencias instintivas representadas por sus correspondientes formas de pensamiento, es decir, los arquetipos (1995: 78).

Bajo el mundo civilizado, nos señala Jung, la misión de los símbolos (religiosos por ejemplo) ha sido dar sentido a la vida del hombre, asignándole así algún significado más trascendente a su existencia. Pero con el avance de la ciencia y con el intento de liberación de la superstición, el hombre, cree Jung, ha perdido peligrosamente sus valores espirituales. La gente pierde así el sentido de la vida, desintegrándose paulatinamente además la organización social de la que forma parte. Ya no hay valor alguno en los símbolos, ya nada es sagrado (1995: 89, 94).

AI crecer el conocimiento científico, afirma Jung, nuestro mundo se ha ido deshumanizando. El hombre se siente aislado en el cosmos, porque ya no se siente inmerso en la naturaleza y ha perdido su emotiva “identidad inconsciente” con los fenómenos naturales, los cuales han ido perdiendo sus repercusiones simbólicas. Ha pasado a predominar el dominio por la naturaleza y el servilismo hacia las máquinas que nos lo permiten. El intento de dominación del entorno se realiza sin poder aun dominarnos a notros mismos, a nuestra propia naturaleza (1995: 95, 101).

¿A quién acudir ahora? Ya no creemos suficiente en los símbolos como para que estos nos salven. Al desmitificar los fenómenos nos hemos quedado solos. En términos de Nietzsche: los símbolos han muerto, y nosotros mismos los hemos desprovisto de sus denotaciones. Huérfanos de significados trascendentes no nos queda más que lo cotidiano, el instante, el presente. Ya no hay permiso para proyectarse más allá del ahora. No queda más que madurar y hacernos responsables por las consecuencias de este magnicidio de lo simbólico.

Eduardo Schele Stoller.

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Un pensamiento en “El magnicidio de lo simbólico

  1. Dios ha muerto y el paisaje al fin se despeja, podemos ver ahora el horizonte y nos damos cuenta que no es mas allá de lo infinito del universo sino nosotros mismos en un segundo de la eternidad. Somos parte de todo, pero para poder ser parte de todo, tenemos que dejar de lado la moral, para dejar de ser humanos, sino seguiremos siendo lo mismo, seres fisicamente individuales, es un paso dificil

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