El filósofo francés Gilles Lipovetsky ha destacado como la seducción se ha convertido en el proceso general que tiende a regular el consumo, las organizaciones, la información, la educación y las costumbres. La seducción no se reduce al espectáculo de la acumulación, sino que se relaciona con la sobre multiplicación de elecciones, en lo que se ha vuelto un universo abierto, transparente, que ofrece cada vez más opciones y combinaciones a la medida, y que permite una circulación y selección libres, esto es, una diversificación cada vez mayor de bienes y servicios (autoservicio, existencia a la carta).

Bajo el capitalismo proliferan, por ejemplo, las fuentes de información, multiplicando y diversificando la oferta. No más homogeneidad ni austeridad. Lo que vale ahora es la realización de los deseos. La seducción, afirma Lipovetsky, reduce los marcos rígidos y coercitivos, privilegiando la libertad, el interés propio. Las costumbres han caído en la lógica de la personalización (medicinas alternativas, por ejemplo). La última moda es la diferencia, la fantasía, el relajamiento. Rige el culto a la espontaneidad, a la permisividad (educación), del ocio, para una realización del individuo sin obstáculos.

Este es el nihilismo, señala Lipovetsky, tal como lo previera Nietzsche; como una depreciación mórbida de todos los valores superiores, como un desierto de sentido. A la masa no la acompaña la desesperación ni el sentimiento de absurdidad. Su estado se rige por la indiferencia. El posmodernismo se aleja así tanto del nihilismo pasivo (inanidad universal) como del nihilismo activo (autodestrucción). Lipovetsky advierte: “Dios ha muerto, las grandes finalidades se apagan, ¡pero a nadie le importa un bledo!”. Vaciados de sentido, hundidos los ideales, no tiene referente alguno la angustia, el absurdo o el pesimismo. Lo que reina en nuestra era es la apatía.

Según Lipovetsky, este sistema invita al descanso, al descompromiso emocional, a la mera apariencia, al espectáculo, solo quedando como remanente el trabajo pictórico, el juego de representación vaciado de contenido y de antinomias duras (verdadero-falso, bello-feo, real-ilusorio, sentido-sin sentido), siendo ahora posible vivir en secuencia-flash, sin sentido ni objetivo. La enseñanza a su vez se ha convertido, considera Lipovetsky, en una máquina neutralizada por la apatía escolar, mezclada de atención dispersa y escepticismo, asemejándose así el colegio más a un desierto que a un cuartel, donde los jóvenes vegetan sin grandes motivaciones ni intereses.

Pero la apatía dista de tener un origen casual, pues responde a una nueva socialización que se basa en criterios flexibles y económicos, afines al acelerado sistema capitalista moderno. La indiferencia por saturación produce una anemia de emociones y juicios. El hombre indiferente, señala Lipovetsky, no se aferra a nada, no tiene certezas absolutas, nada le sorprende. Esta es la condición ideal para el desarrollo de un capitalismo que se ha vuelto hedonista y permisivo, que encarna en el individualismo narcisista su máximo ideal, para vivir ahora solo en el presente y ya no en función del pasado o el futuro, perdiendo con esto cualquier sentido de continuidad y conciencia histórica, erosionando de paso el sentimiento de pertenencia. A esto se suma la falta de atención producto de conciencia telespectadora, que capta y no capta, que se excita y es indiferente, todo a la vez. El “yo”, afirma Lipovetsky, ha sido pulverizado en tendencias parciales, en un proyecto de disgregación social, de creación de una voluntad débil, volviéndonos en meros zombis atravesados de mensajes.

El hedonismo de la sociedad de consumo ha sacudido así los cimientos del orden autoritario, disciplinario y moralista, razón por la cual ya no sería apropiado interpretar nuestra sociedad como una máquina de disciplina, de control y de condicionamiento. Contra las imposiciones colectivas, hoy se manifiesta la liberación sexual, la emancipación de las costumbres, la ruptura del compromiso ideológico. La vida a la carta, afirma Lipovetsky, es la de un sujeto que espera y que, por lo mismo, acaba conociendo la decepción, pues deseo y decepción van siempre de la mano.

Así, mientras más aumentan las exigencias de bienestar, más aumenta la frustración. Si bien la súper oferta, los ideales psicológicos y los ríos de información han dado lugar a un individuo más reflexivo, de paso, nos señala Lipovetsky, también han contribuido a generar un individuo más exigente, es decir, más propenso a sufrir decepciones. Ya no vivimos en la cultura de la vergüenza y la culpa, sino en la de la ansiedad, la frustración y el desengaño. El problema es que ya no disponemos de hábitos religiosos o institucionales que logren aliviar tales dolores. La responsabilidad y el pesar caen hoy en uno mismo. Pero lejos de afrontarlo, a lo que se nos invita es a la constante distracción y gozo. Las sociedades tradicionales, señala Lipovetsky, tenían el consuelo religioso; las sociedades hipermodernas, en cambio, utilizan la incitación incesante a consumir, a gozar, a cambiar.

En las sociedades antiguas se lograba vivir en una mayor armonía, pues se tendía a no desear más de lo efectivamente factible o alcanzable y, en consecuencia, las decepciones eran más bien acotadas. Mientras que en las sociedades modernas, según Lipovetsky, ya no se sabe qué es posible y qué no. Al ya no estar sujetos por normas sociales estrictas, los apetitos se disparan, ya no estando dispuestos a resignarnos ni contentarnos con la suerte. La sociedad de consumo nos condena a vivir en un estado de insuficiencia perpetua, a desear más de lo que podemos comparar. Se nos tiene siempre insatisfechos, amargados por todo lo que no podemos permitirnos. El neoconsumidor lo quiere todo y de manera inmediata, pues la menor avería o demora le pone furioso. La hipervelocidad es de hecho otro motivo de irritación y descontento.

Lo anterior se hace aún más patente en la era de la pantalla global, a través de las cuales demandamos sensaciones y emociones perpetuamente renovadas, todo apoyado, según Lipovetsky, tanto en el triunfo de la cultura hedonista como en la necesidad de alejarse de una cotidianidad que cada vez genera más malestar y ansiedades. La imagen-velocidad funciona como un vértigo, una droga a la vez hipnótica y estimulante. El cine ha pasado a ser visto así como una vía de escape más que una vía que nos lleve a la reflexión. De hecho, los personajes del cine han pasado de ser protagonistas sublimes, ideales, para convertirse en una exageración, en una hipertrofia, traduciéndose así como una imagen exceso, como una alternativa y escape a lo rutinario.

Lipovetsky señala que esta es una nueva etapa de individuación, que se desmarca de las antiguas formas de encuadramiento colectivo, reivindicando el derecho al «delirio» juvenil y a jugar libremente con las convenciones. Presenciamos así en el cine una diversificación de enfoques, de formas, pasando del aprendizaje académico a un discurso simple, a una crítica propia de un mundo liberado de los referentes colectivos del bien y el mal, de la derecha y la izquierda, y de las grandes visiones del sentido histórico. La sociedad hipermoderna, sostiene Lipovetsky, está dominada por la categoría temporal del presente, producto del agotamiento de las grandes doctrinas futuristas. La cotidianidad se rige hoy por las normas del aquí y el ahora, por la instantaneidad. Una cultura consagrada al presente, basada que se basa en la brevedad de los beneficios económicos, la inmediatez de las redes digitales y los goces privados.

Ante la invasión de las pantallas, Lipovetsky afirma que surgen dos actitudes; la primera se expresa en el entusiasmo de los partidarios de la inmediatez, la velocidad y la interactividad posibilitadas por la comunicación hipertecnológica, presentándose como un instrumento que contribuye a renovar y ensanchar el espacio democrático, a devolver el poder a la sociedad civil, a que los ciudadanos sean más abiertos, más críticos, más libres (teledemocracia). Sin embargo, advierte Lipovetsky, la sobreabundancia de información no equivale a conocimiento, ya que éste exige una cultura previa, una formación intelectual, conceptos organizados que permitan hacer selecciones, plantear preguntas correctamente, interpretar los contenidos disponibles hasta la saciedad. Sin formación inicial ni contextos intelectuales, la relación con la abundancia informativa solo crea confusión, algo que denomina como “zapeo del turismo intelectual”.

Sumémosle a esta dificultad la amenaza que significa internet para la vinculación social. Lipovetsky señala al respecto que si bien en el ciberespacio los individuos se comunican sin cesar, estos ya no se conocen. En la sociedad de las redes informatizadas, los individuos se quedan delante de la pantalla en vez de reunirse y vivir experiencias juntos. Nos comunicamos informáticamente, en lugar de hablar directamente con los demás. Se denuncia así el crecimiento de una existencia abstracta, informatizada, sin vínculo humano tangible. Conforme el cuerpo deja de ser el asidero real de la vida, el horizonte que se perfila es el de un universo fantasma, un universo descorporeizado y desensualizado. El universo hipermoderno de la pantalla o el mundo sensible en proceso avanzado de desrealización.

Eduardo Schele Stoller.

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