La información en tiempos de pantallas

En menos de medio siglo, nos señala el filósofo francés Gilles Lipovetsky, hemos pasado de la pantalla espectáculo a la pantalla comunicación, de la unipantalla a la omnipantalla. Vivimos en la era de la pantalla global. Ya no solo en el cine o la televisión, como imperó por mucho tiempo. Ahora está en todas partes. Vivimos bajo una ultramodernización. Esto logra verse reflejado en el mismo cine. El hipercine contemporáneo, señala Lipovetsky, refleja una demanda general de sensaciones y emociones perpetuamente renovadas que se apoya tanto en el triunfo de la cultura hedonista como en la necesidad de alejarse de una cotidianidad que cada vez genera más malestar y más ansiedades subjetivas. La imagen-velocidad funciona como un vértigo, una droga a la vez hipnótica y estimulante. El cine ha pasado a ser visto así como una vía de escape más que una vía que nos lleve a la reflexión. De hecho, los personajes del cine han pasado de ser protagonistas sublimes, ideales, para convertirse en una exageración, en una hipertrofia, traduciéndose así como una imagen exceso, como una alternativa y escape a lo rutinario (2009: 10, 49, 81, 121).

Lipovetsky señala que esta es una nueva etapa de individuación, que se desmarca de las antiguas formas de encuadramiento colectivo, reivindicando el derecho al «delirio» juvenil y a jugar libremente con las convenciones. Presenciamos así en el cine una diversificación de enfoques, de formas, pasando del aprendizaje académico a un discurso simple, a una crítica propia de un mundo liberado de los referentes colectivos del bien y el mal, de la derecha y la izquierda, y de las grandes visiones del sentido histórico (2009: 138, 146-147). La sociedad hipermoderna, sostiene Lipovetsky, está dominada por la categoría temporal del presente, producto del agotamiento de las grandes doctrinas futuristas. La cotidianidad se rige hoy por las normas del aquí y el ahora, por la instantaneidad. Una cultura consagrada al presente, basada que se basa en la brevedad de los beneficios económicos, la inmediatez de las redes digitales y los goces privados (2009: 163).

Ante la invasión de las pantallas, Lipovetsky afirma que surgen dos actitudes; la primera se expresa en el entusiasmo de los partidarios de la inmediatez, la velocidad y la interactividad posibilitadas por la comunicación hipertecnológica, presentándose como un instrumento que contribuye a renovar y ensanchar el espacio democrático, a devolver el poder a la sociedad civil, a que los ciudadanos sean más abiertos, más críticos, más libres (teledemocracia) (2009: 274). Sin embargo, advierte Lipovetsky, la sobreabundancia de información no equivale a conocimiento, ya que éste exige una cultura previa, una formación intelectual, conceptos organizados que permitan hacer selecciones, plantear preguntas correctamente, interpretar los contenidos disponibles hasta la saciedad. Sin formación inicial ni contextos intelectuales, la relación con la abundancia informativa sólo crea confusión, algo que denomina como “zapeo del turismo intelectual” (2009: 275)

Sumémosle a esta dificultad la amenaza que significa internet para la vinculación social. Lipovetsky señala al respecto que si bien en el ciberespacio los individuos se comunican sin cesar, estos ya no se conocen. En la sociedad de las redes informatizadas, los individuos se quedan delante de la pantalla en vez de reunirse y vivir experiencias juntos. Nos comunicamos informáticamente, en lugar de hablar directamente con los demás. Se denuncia así el crecimiento de una existencia abstracta, informatizada, sin vínculo humano tangible. Conforme el cuerpo deja de ser el asidero real de la vida, el horizonte que se perfila es el de un universo fantasma, un universo descorporeizado y desensualizado. El universo hipermoderno de la pantalla o el mundo sensible en proceso avanzado de desrealización (2009: 276).

¿Cómo superar esta dificultad propia del mundo contemporáneo? Hoy las nuevas generaciones nacen, se educan y desarrollan con pantallas a su alrededor. Lo ha dicho muy bien Lipovetsky, no se trata de eliminar la pantalla, y toda la información que está impone, sino que esta absorción de contenidos se realice con algún tipo de filtro teórico previo. Seguramente generaciones anteriores fueron menos libres para interpretar la realidad, debido a la fuerte carga ideológica impuesta unilateralmente en sus crianzas. Sin embargo, tenían más herramientas para juzgar lo que veían, criterios que pueden cambiar con el tiempo, pero siempre habría presente un piso para categorizar y evaluar lo que se ve. Hoy, en la época de la pantalla global, parece más importante el ver por el ver, por el mero placer de percibir luces destellantes o imágenes sugerentes. Con esto no nos damos cuenta que hemos pasado a ser meros medios para la tecnología, cuando se suponía que ésta fuera nuestra herramienta, y no al revés.

Eduardo Schele Stoller.

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