La conquista de América: el otro y la verdad

El encuentro más asombroso de nuestra historia, señalaba el recientemente fallecido Tzvetan Todorov, fue el descubrimiento de los americanos ¿Cómo vieron los españoles a este nuevo “otro”? Colón practicó, sostiene Todorov, una estrategia «finalista» en su interpretación del americano. Su visión se enmarcó en un contexto de autoridad, descansado en sus creencias previas más que en la experiencia de este nuevo otro. Colón sabía de antemano lo que podía encontrar y como lo iba a interpretar. La experiencia concreta, señala Todorov, está ahí para ilustrar una verdad que se posee, no para ser interrogada (2014: 12, 27, 50). Los “otros” para Colón forman parte del paisaje, una parte molesta, pues más valioso para él eran las riquezas que allí podía encontrar. Los indios a los ojos de Colón carecían de cultura, de costumbres, ritos y religión. No estaban así solo desnudos físicamente, sino que también espiritualmente. Por esto es que Todorov afirma que si bien Colón descubrió América, no descubrió a los americanos (2014: 51, 53, 72).

Ahora bien, ¿cómo explicar el rápido sometimiento de los indígenas ante los españoles? Una respuesta tiene que ver con la cosmovisión azteca. Al creer en agüeros y señales, en un mundo sobredeterminado, forzosamente creían también, señala Todorov, en un mundo sobreinterpretado. Están convencidos de que las previsiones del porvenir se cumplen. Para los mayas, por ejemplo, la misma palabra significa «profecía» y «ley». Llegaron así, según ciertas fuentes, a interpretar la venida de Cortés como el regreso de Quetzalcóatl, que ha vuelto a recobrar su reino. Este hecho no lo deja pasar Cortés, sacando provecho del dominio de todos los signos importantes para los indígenas (2014: 93, 173, 176).

A diferencia de Colon, para quien los indios eran meros objetos de colección, para Cortés estos ocupan una posición intermedia. Todorov afirma que en su caso eran vistos efectivamente como sujetos, pero reducidos al papel de productores de objetos. Estarían así a medio camino entre el animal y el hombre, de allí que haya estado aun justificada su destrucción. Esta es la violencia, señala Todorov, basada en la convicción de la religión “verdadera”. Es la creencia dogmática en esta verdad la que nos impide descubrir al otro (2014: 187, 209, 243, 349). La historia humana ha sido una de constante desconocimiento del otro. Innumerables genocidios se han realizado en nombre de una u otra “verdad”, de una u otra creencia que nos ha impedido reconocer en lo ajeno al otro, a un individuo poseedor de derechos, de dignidad. El escepticismo crónico que aqueja a nuestra sociedad en el siglo XXI es un buen síntoma al respecto. El respeto y la tolerancia, el reconocimiento de otro, ha ido de la mano con el decaimiento de las convicciones y la verdad.

Eduardo Schele Stoller.

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