Sociedad del cansancio

El filósofo surcoreano Byung-Chul Han afirma que toda época tiene sus enfermedades emblemáticas. La nuestra se centra en lo neuronal, en condiciones como la depresión, el déficit atencional, la hiperactividad, el trastorno limite de la personalidad, etc. Todo esto radica, cree este autor, en el exceso de positividad de nuestra era (2012: 11-12). El siglo XX basaba su enfermedad en lo inmunológico ante lo extraño, intentando eliminar así la causa de la otredad, el cual era visto como el enemigo. Pero ahora, en el siglo XXI, ha desaparecido la otredad y la extrañeza, reemplazándose, señala Han, por una diferencia no generativa de enfermedad. Lo extraño se sustituye por lo exótico, lo cual se recorre ahora como un turista. El otro pasa a ser visto como una carga más que como una amenaza (inmigrantes, por ejemplo) (2012: 12, 14, 16).

Han considera que ahora vivimos bajo un sistema dominado por lo idéntico y por una  violencia de la positividad centrada en la necesidad de una superproducción y superrendimiento. Lo anterior ha derivado en un agotamiento, fatiga y asfixia crónicos. Esta es una forma de violencia nueva, invisible e inherente al sistema mismo. Es una violencia neuronal que da lugar ahora a infartos psíquicos. La violencia positiva, sostiene Han, no es privativa, sino saturativa; no es exclusiva, sino exhaustiva (2012: 19, 22-23).

La sociedad disciplinaria de la negatividad (prohibición) de la cual hablaba Foucault (psiquiátricos, hospitales, cárceles) ha dado paso a una sociedad del rendimiento. Del no poder (obligación, deber) al poder del rendimiento (“yes, we can”), a la era de los proyectos, de la iniciativa y la motivación. Pero con esto, hemos nos hemos convertido en una de una sociedad que generaba locos y criminales a una que produce depresivos y fracasados (2012: 25-27). El imperativo del rendimiento, sostiene Han, deriva en almas agotadas y en individuos con falta de soberanía, que tan solo dedican su tiempo a trabajar, explotándose voluntariamente a sí mismos. Somos así verdugos y víctimas al mismo tiempo (2012: 29-30).

¿Cómo salir de esta condición en una era en donde prima, afirma Han, una hiperatención que no nos da espacio para la atención profunda y contemplativa? En la actualidad reina una escasa tolerancia al hastió y al aburrimiento, condiciones necesarias para la reflexión y una conciencia crítica. Si sumamos a esto la progresiva pérdida de creencias, la vida humana se convierte cada vez en algo más efímero. Nada nos resulta constante y duradero (2012: 35, 46). Ante esta falta de Ser, señala Han, surgen el nerviosismo, la intranquilidad. La desnarrativización ha desnudado nuestras vidas. Ante esto no queda mas que el dopaje, pero a costa de un rendimiento sin rendimiento. Es el exceso del aumento de rendimiento el que provoca el infarto del alma (2012: 46, 71-72). Pero en vez de romper este circulo enajenante, el hombre tiende a ver en el trabajo, en la actividad, el escape a un hastío y disconformidad crecientes, las cuales, si se padeciesen conscientemente, podríamos en ellas encontrar la creatividad y fuerza necesarias para volver a responder ante nosotros mismos, ante intereses genuinamente propios. Es siempre necesaria una buena dosis de negatividad para la reflexividad. En el engaño de la positividad no obtendremos más que cansancio, frustración y dopaje para seguir intentando lo imposible.

Eduardo Schele Stoller.

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