El viaje como trascendencia

La atracción por los lugares y destinos de nuestros viajes recae, según Alain de Botton, en que nos proporcionan un escenario material para desarrollar una alternativa a la seguridad egoísta, a los hábitos y al confinamiento del mundo ordinario y bien arraigado de nuestra vida cotidiana (52). De forma similar, si en nuestro viaje estamos en presencia de la magnanimidad de un paisaje natural, este puede estimular en nuestro interior la firmeza y la intrascendencia ante todo aquellos problemas que nos sobrepasan comúnmente (129).

Los lugares sublimes, señala de Botton, nos reiteran que el universo es más poderoso que nosotros, que somos frágiles y efímeros, y que no tenemos más alternativa que aceptar las limitaciones que atenazan nuestra voluntad; que hemos de doblegarnos ante necesidades superiores a nosotros mismos. En este sentido, unos instantes en el campo contemplando un valle, afirma de Botton, bien podían contarse entre los más trascendentales y productivos de nuestra vida. Allí nos damos cuenta que no somos más los juguetes de las fuerzas que crearon los océanos y esculpieron las montañas (131, 141, 147).

El objetivo de tales viajes es hacernos sentir pequeños, pero esto, por lo general, molesta profundamente a la mayoría de los individuos, que, por el contrario, con sus viajes buscan hacerse grandes y ostentar  esa grandeza que los diferencia de los demás, de aquellos que no viajan, que no pueden hacerlo, ya sea por sus limitaciones de tiempo o materiales. Estos individuos no buscan en sus viajes la trascendencia al sentido común de sus vidas cotidianas, sino que tratan de huir de la asfixia de la misma. Por unos días o semanas hacen lo mismo que en casa pero de una forma más compulsiva. Con esto no logran más que reafirmar lo cotidiano, en un eterno retorno a la misma miseria de la que se toman vacaciones, buscando plasmar en sus efímeros recuerdos los leves periodos de ausencia del enajenante hábito y rutina diaria. De allí la necesidad eterna de los viajes y la improductividad espiritual de los mismos.

Eduardo Schele Stoller.

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Un pensamiento en “El viaje como trascendencia

  1. Es verdad. Viajes maravillosos o no, no me gusta hacerlos siempre, porque a cada lugar que voy me enamoro y luego me apena olvidarlos, “es tan corto el amor y tan largo el olvido”, son como si volviera a una parte de mi, como si en el fondo de lo que soy supiera que ellos me pertenecen, “como todas las cosas estan llenas de mi alma, emerges de las cosas llenas del alma mia”

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