Lo dionisiaco y lo apolíneo

Nuestra vida deambula entre lo apolíneo y lo dionisiaco. De esto eran muy conscientes los antiguos griegos que llegaron a representar tales disposiciones a través de su nutrida mitología. Dionisos es el dios del vértigo. Cuando estamos ante su presencia no solo sentimos miedo, sino que también un deseo de atracción hacia el abismo que nos invita. Lo que produce Dionisos, señala Rafael Echeverría, es una invitación a entregarnos por completo, al abandono, a dejar todo atrás. Alcohol, baile, música, sexo, son todos caminos para el ékstasis (salir de sí) y para alcanzar el enthousiasmos (la plenitud en dios) (2008: 127, 131). Estos los podemos presenciar a través de los diversos ritos y festividades culturales.

Parte del rito implica llegar a ver nuestro rostro como lo que es, como tan solo una máscara (persona). La persona que somos, afirma Echeverría, solo expresa la máscara que nos hemos acostumbrado a llevar. Pero si la persona no es más que una máscara, ¿qué hay detrás de ella? ¿Quiénes somos realmente? Esto es lo que los ritos dionisiacos buscan desentrañar, más allá de la vida cotidiana donde no representamos más que personajes (2008: 131-132). Dionisos, señala Echeverría, nos revela que la vida no es otra cosa más que un escenario en el que cada uno representa la tragedia de su vida. La vida es un teatro que no se reconoce a sí mismo como tal. Dionisos nos ayuda a conferirle a la vida su carácter meramente representacional (2008: 132).

Pero esta posibilidad no siempre ha sido tan latente a lo largo de la historia. Culpa de esto es la prevalencia del dios contrario a Dionisos; Apolo. Nietzsche ha señalado como se impuso lo apolíneo por sobre lo dionisiaco, imponiéndose así lo racional por sobre lo pasional. Proclamando el desprecio al cuerpo, se sacrifica la emocionalidad. Se inicia así, destaca Echeverría, la decadencia de nuestra civilización, al primar los principios apolíneos del orden, la armonía y la razón, los cuales podemos identificar con el origen mismo de la filosofía (2008: 135).

Como ha señalado Huidobro, quien no comete una locura al año, se vuelve loco. La vida saludable se constituye así entre la tensión del orden y su transgresión, entre Apolo y Dionisos. La orgía dionisiaca, sostiene Echeverría, deviene en condición necesaria para la preservación sana del orden, para evitar la locura y la asfixia del orden cotidiano (2008: 151-153). Festivales, carnavales y ritos representa una necesaria detención momentánea de la rutina diaria. A través de ellos tomamos conciencia de lo reprimido y podemos así liberarlo. Una cultura que no propicie de estos encuentros esporádicos con Dionisos amenaza el mismo orden que quiere perpetuar. El caos nos hace querer tender hacia el orden. En él es donde las mascaras ajenas y propias se caen, lo que nos permite conocernos más a nosotros mismos, a dejar la enajenación. Si estos ritos dionisiacos no nos destruyen, como ha señalado Nietzsche, saldremos de ellos fortalecidos.

Eduardo Schele Stoller.

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