La miseria de la vida

Arthur Schopenhauer fue reconocido por predicar una visión pesimista de la vida humana.La individualidad de la mayoría de los hombres, considera Schopenhauer, es tan miserable e insignificante que nada pierden estos con la muerte. Lo que en ellos puede aun tener algún valor, los rasgos generales de la humanidad, subsiste en los demás hombres, por lo que toda individualidad puede llegar a ser considerada como un error. Habría incluso una necesidad moral en la muerte del individuo (2003: 65-66)

En nuestras vidas, a medida que crecen nuestros goces, nos hacemos más insensibles a los mismos. El hábito, señala Schopenhauer, ya no es placer. Por esto mismo crece nuestra facultad de sufrir. A partir de allí se origina el aburrimiento, el cual nos confiere a su vez la noción del tiempo, mientras que la distracción nos la quita. Esto probaría que nuestra existencia es tanto más feliz cuanto menos la sentimos, de donde se deduce que mejor valdría verse libre de ella (2003: 75).

La mayoría de las vidas, afirma Schopenhauer, son insignificantes y carentes de interés. No son más que un conjunto de tormentos, aspiraciones impotentes, de sueños e ideas triviales. El hombre se asemeja a un reloj a cuerda que anda sin saber por qué. Cada individuo no es más que un efímero ensueño del espíritu infinito de la naturaleza, de la voluntad de vivir persistente y obstinada, la cual se fundamenta en el querer. Pero querer es esencialmente sufrir, y como vivir es querer, toda vida es por esencia dolor. A juicio de Schopenhauer, la capacidad de sufrir crece en proporción de la inteligencia. Esto es, cuanto más elevado es el ser, mas sufre (2003: 76-77, 79).

Pero si la causa de la miseria de la vida es el querer podríamos esperar, contrario a Schopenhauer, que la capacidad de sufrir sea más bien inversamente proporcional a la inteligencia. Y es que un grado mayor de conciencia, de uso de la razón, nos permitiría trascender los designios de la naturaleza y su manifestación en nosotros a través de la voluntad de vivir. Aunque la inteligencia no nos permita eliminar el querer, al menos nos posibilita ser consciente del mismo y, con ello, intentar hacerle frente cambiando (o sublimando) el objeto de deseo que nos cause pesar.

Eduardo Schele Stoller.

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