Objetos mitológicos y funcionales

Dejando de lado su interpretación psicoanalítica, Baudrillard considera que en nuestra vida ordinaria somos inconscientes de la realidad tecnológica de los objetos. Dentro de un hogar, por ejemplo, muebles y objetos tienen como función personificar las relaciones humanas, poblar el espacio que comparten y poseer un alma. La disposición de estos objetos responde a una persistencia de las estructuras familiares tradicionales de la sociedad (13-15).

Al mismo tiempo que cambian las relaciones del individuo con la familia y con la sociedad, sostiene Baudrillard, cambia el estilo de los objetos mobiliarios, los cuales vienen a responder a las nuevas necesidades del espacio o, mejor dicho, de la carencia del mismo. En este sentido, afirma Baudrillard, es la pobreza la que da lugar a la invención (15). La relación entre los individuos y los objetos ha cambiado, su uso pasa a ser más liviano, pues ya no representan el constreñimiento moral antiguo. La relación entre ambos se ha vuelto más liberal. Sin embargo, Baudrillard nos advierte que hoy en día los objetos han dejado de mostrar de manera clara su funcionalidad. El valor simbólico y de uso que poseían da paso a los valores organizacionales (16, 19).

Esto puede verse, por ejemplo, en la nueva disposición de las habitaciones en el hogar, las cuales pasan a rebasar las tradicionales separaciones, abriéndose y comunicándose con el resto de espacios. Han desaparecido también los retratos familiares, espejos, relojes y chimeneas, símbolos de la domesticidad burguesa (20, 22-23). Cambio radical es el que puede verse también en la decoración, en donde deja de ser un discurso poético, de interrelación y comunicación de los objetos. Los objetos ya no se responden. Ya no se trata, señala Baudrillard, de implantar un teatro de objetos o de crear una atmosfera, sino más bien de resolver un problema. Se ha perdido la esencia de los viejos y buenos muebles a cambio de una conceptualización práctica (24, 28).

Vivimos bajo un mundo que ya no nos es dado, sino que es, sostiene Baudrillard, producido, dominado, manipulado, inventariado y controlado. En esta empresa técnica, no sustancial, es necesario que todo comunique, que todo sea funcional, que no haya secretos ni misterios. Todo debe ser claro. Las necesidades anteriores eran morales, hoy son funcionales (29). Las funciones viscerales, afirma Baudrillard, desaparecen ante las funciones culturalizadas. Las habitaciones han cambiado los símbolos de la familia por los indicios de la relación social. A la prensión de los objetos en que participaba todo el cuerpo la han sustituido el contacto y el control. En la actualidad, son solo las “extremidades” del hombre las que participan activamente en el medio ambiente funcional. La abstracción liberadora de las fuentes de energía, señala Baudrillard, se expresa en una abstracción igual de la praxis humana de los objetos (50, 53).

El hombre moderno se vuelve menos coherente que sus objetos. Estos últimos lo preceden, en cierta manera, en la organización del ambiente y, por consiguiente, imponen sus propias conductas (55). De la misma manera que se estructuran las diversas partes del mecanismo de un objeto, así tienden a organizarse entre sí, independientemente del hombre, los diversos objetos técnicos, a remitirse los unos a los otros en la uniformidad de su praxis simplificada, y a constituirse, de tal modo, en orden articulado que sigue su propio modo de evolución tecnológica y en el que la responsabilidad del hombre no hará más que ejercer un control mecánico del que, en el límite, la máquina misma se encargará (56). Al consumarse este proyecto funcionalista, se habrá relegado al hombre a la contemplación de nuestro irresponsable poderío. ¿Funcional a qué?, se pregunta Baudrillard, pues a un orden o sistema, y no a un fin determinado (61-62, 71).

De todas las servidumbres que afectan al objeto de serie, Baudrillard destaca aquella que concierne a su duración y calidad técnica. Las innovaciones y criterios de la moda hacen al objeto más frágil y efímero (164). Si antes era el hombre el que imponía su ritmo a los objetos, hoy en día, señala Baudrillard, son los objetos los que imponen sus ritmos discontinuos a los hombres, su manera discontinua de estar allí, de descomponerse o de sustituirse unos a otros sin envejecer. El status de una civilización entera cambia según el modo de presencia y de disfrute de los objetos cotidianos (180-181). El consumidor moderno compra para que la sociedad siga produciendo, lo que le permite seguir trabajando, pero en vista de poder pagar lo que ha comprado. Esto, según Baudrillard, se condice con el estatus mismos de los objetos contemporáneos, los cuales ya no tienen como destino el ser poseídos y usados en base a ciertas necesidades, sino solamente el ser producidos y comprados, en un círculo que podríamos denominar como interminable (182, 185).

¿De dónde proviene el encanto actual por el objeto antiguo? Pues, precisamente, de que no responden a la lógica funcionalista contemporánea. Son, señala Baudrillard, testimonios, recuerdos de una concepción mitológica pasada. A través de ellos intentamos recuperar los signos e indicios culturales de una época. Contrario a los objetos modernos, que carecen de significación, refiriéndose y agotándose en la cotidianeidad. El objeto mitológico posee una funcionalidad mínima pero una significación máxima. En ello tiende a radicar su belleza (83, 85, 92).

Habría así, según Baudrillard, dos funciones en todo objeto: la de ser utilizado, aunque cada vez menos producto del automatismo, y la de ser poseído. La primera se mantiene dentro de la dimensión práctica, dejándonos en la actualidad como irresponsables espectadores. Mientras que la segunda se extiende a una empresa de totalización abstracta del sujeto, de trascendencia del mundo (objeto de colección). Estas dos funciones están en razón inversa la una de la otra (98, 126).

Los objetos que nos rodean responden así a un ordenamiento ideológico determinado, que en la actualidad responde a una estructura netamente productiva y funcional. Es decir, no importa tanto el objeto mismo, sino la producción del mismo. Esta producción no busca el encantamiento del usuario, de lo contrario, la producción serial sería anulada. Más que en el objeto, la alucinación recae sobre la producción, sobre la idea, sobre lo que representa una determinada marca, pero que en el fondo no es nada significativo para el sujeto mismo, el cual pasa a considerarse como un medio de consumo y no como un fin. Así podríamos explicar nuestra inherente necesidad moderna de actualizar constantemente nuestros aparatos (celulares, televisores, autos, etc.).

¿Qué nos queda de lo mitológico? Para responder esto basta con hacer un catastro en nuestros hogares de aquellos objetos que conservemos y que no cumplan una función determinada más que ser significantes de algo trascedente, que los valoremos por ello y que, en consecuencia, no sean reemplazables. El mismo criterio podría aplicarse a las construcciones de nuestras ciudades. Como hemos visto, es de esperar que estas entidades escaseen.

Eduardo Schele Stoller.

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