Felicidad e infancia

Toda restricción, sostiene Schopenhauer, hace feliz. Cuanto mas reducido es nuestro circulo de visión, de acción y de contacto, mas felices somos; cuanto mas vasto es, mas atormentados o inquietos nos sentimos. Al ampliarse nuestro círculo se agrandan y se multiplican los dolores y deseos. Esta regla, cree Schopenhauer, nos explicaría por que la segunda mitad de nuestra vida es mas triste que la primera. El horizonte de nuestras miras y relaciones va ensanchándose. En la infancia está limitado a la vecindad más próxima. Cuanto menos excitación de la voluntad hay, menos sufrimiento habrá. La limitación del circulo de acción quita a la voluntad las ocasiones exteriores de excitación (2013: 178).

En la infancia nos inclinamos mucho mas al conocimiento que a la voluntad. En eso se funda la felicidad de la primera cuarta parte de la vida, que ha de verse después como un paraíso perdido. Durante la infancia tenemos relaciones poco numerosas y necesidades limitadas y, por consiguiente, poca excitación de la voluntad. La mayor parte de nuestro ser está ocupado en conocer (2013: 262-263). Por el encanto de la novedad, señala Schopenhauer, nuestros años de infancia son una poesía ininterrumpida. La esencia de la poesía, y todo arte, consiste en percibir en cada cosa aislada la idea platónica, es decir, lo esencial y lo que es común a la especie en general, esto es, una comprensión contemplativa del mundo exterior. Durante la infancia la vida se presenta como una decoración de teatro, vista desde lejos; durante la vejez, como la misma, pero vista desde cerca. El joven, cree Schopenhauer, vive en una ilusión compuesta e ensueños creados por si mismos, que deforman el mundo verdadero (2013: 261, 262-264, 266). La vida, señala Schopenhauer, vendría siendo como un tapiz bordado, del cual en la infancia vemos solo la superficie, para solo más tarde ser conscientes del reverso, lado menos bello, pero más instructivo, puesto que nos permite reconocer el enlace de los hilos (2013: 267).

Durante la infancia, la novedad de las cosas y de los acontecimientos hace que todo se imprima en nuestra conciencia, haciendo así que los días nos parezcan más largos. Las horas de los niños, afirma Schopenhauer, son más largas que los días del anciano. El tiempo de la vida tiene un movimiento acelerado como el de una esfera que rueda sobre un plano inclinado. Al igual que un disco que gira, cada punto corre tanto más aprisa cuanto más distante está del centro. La infancia es así el periodo más rico en recuerdos, el más largo de nuestra existencia (2013: 275). En la juventud, afirma Schopenhauer, domina la contemplación; en la edad madura, la reflexión, por eso la primera es la época de la poesía, la segunda, la de la filosofía. Pero la diferencia fundamental entre la juventud y la vejez es que mientras en la primera se tiene la vida por delante, en la segunda es la muerte la que se tiene en perspectiva (2013: 276, 285).

La felicidad, como hemos visto, es entendida por Schopenhauer en proporción inversa a la excitación de la voluntad. Esto es, a menor deseo, mayor felicidad. Sin embargo, ¿es el niño un ente con menos deseos que un adulto? Bajo una mirada psicoanalítica, por ejemplo, se ha destacado que en la niñez prima el “ello”, es decir, los instintos de satisfacción personal. El niño es considerado así como un ser egocéntrico y egoísta que solo busca saciar sus deseos personales. Podríamos decir así que en la etapa donde mayor excitación de la voluntad hay es en la infancia y, al parecer, esta es la causa de la supuesta felicidad en esta etapa. De hecho, la infelicidad del adulto radicaría en la conciencia de la imposibilidad del poder saciar la voluntad cuando se nos plazca, unido a la creación de metas cada vez más inalcanzables.

No es entonces que la felicidad no tenga que ver con el deseo, sino que se relaciona más bien con las cosas que deseamos. Producto de nuestra ignorancia y limitado horizonte, en la infancia deseamos cosas que están más a la mano, mientras que en la adultez, con el desarrollo de nuestra conciencia, comenzamos a ampliar nuestra mirada y, con ello, nuestro sufrimiento, al no poder satisfacer todo lo que queremos, ya sea por limitaciones materiales, psicológicas o morales. Es así la frustración la principal causa de nuestra infelicidad adulta. Esto se relaciona a su vez con lo breve que se nos hacen los días, puesto que las jornada de un adulto no le bastan para satisfacer todo lo que entraña en sus deseos. Y su miedo, en la medida que se acerca a su muerte, es por no haber cumplido todo aquello que anhelaba.

Eduardo Schele Stoller.

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