John Stuart Mill: poder y libertad

Podemos encontrar en John Stuart Mill uno de los fundamentos modernos de las libertades individuales. Tenemos derecho a actuar conforme a nuestra voluntad, señala Mill, siempre y cuando nuestras acciones no perjudiquen a los demás (principio del daño). Sobre sí mismo (cuerpo y espíritu) el individuo es soberano. La ética no se fundamentará así intereses ajenos a la utilidad humana, tales como dioses o ideologías que releguen al hombre a un segundo plano (1984: 66-69). Ninguna ideología puede erigirse por sobre el interés individual, pues ninguna creencia es absolutamente cierta. Lo verdadero en ellas Mill lo relaciona con la utilidad que le pueda brindar al individuo en su desenvolvimiento para la vida. En este sentido, es esencial la libertad para poder interpretar, contradecir y desaprobar una opinión. Ninguna creencia que no sea verdadera, según Mill, puede ser útil (1984: 79-80, 84).

Si un individuo adhiere a una creencia que sea producto de su elección y no de una imposición por la tradición imperante. Que la ideología se adapte a sus circunstancias y carácter, no al revés (1984: 127-129). La naturaleza humana, llegó a señalar Mill, no es una máquina que se construye según un modelo y dispuesta a hacer exactamente el trabajo que le sea prescrito, sino un árbol que necesita crecer y desarrollarse por todos lados, según las tendencias de sus fuerzas interiores, que hacen de él una cosa viva (1984: 130). Así como no hay un árbol exactamente igual al otro, no podemos adoctrinar a los individuos como si todos fuesen iguales. Debe promulgarse por tanto no solo la libertad, sino que también la variedad. Mill ya era consciente que en su época la gente tendía a leer, oír y ver las mismas cosas. A ir a los mismos sitios, teniendo los mismos objetos de esperanza y temores. La humanidad, afirma Mill, se hace incapaz de concebir la diversidad cuando durante algún tiempo ha perdido la costumbre de verla (1984: 147, 149).

Pero Mill no se limita a reafirmar la libertad individual, sino que también promueve la libertad institucional. Por ejemplo, al criticar las restricciones al comercio o a la producción. Toda coacción, afirma Mill, es un mal (1984: 181). He aquí un criterio que el autor no aplica de igual manera. Al hablar de educación, Mill defiende que ésta no debe ponerse en manos del estado, en vista de asegurar la diversidad en la misma y evitando, por tanto, moldear al pueblo haciendo a todos exactamente iguales. El argumento aquí es que a través de este mecanismo se buscaría satisfacer el poder dominante en el gobierno (1984: 194). Sin embargo, ¿no hay también un poder dominante en el comercio? No solo hay poder político, sino que también poder económico y para muchos uno está sujeto al otro. En consecuencia, si dejo en libertad de acción a la economía esto podría derivar en abusos y determinaciones contra el mismo individuo, volviéndose así el individuo en un medio útil, en un mero consumidor para el fin último del desarrollo económico. Cuando una institución u organización posee excesiva libertad y, por tanto, poder, hay que sospechar de ella, pues probablemente obtiene tal condición a costa de la libertad de los individuos que la componen o tienen alguna relación con ella.

Eduardo Schele Stoller.

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