Soledad, dolor y tedio.

Son diversas las doctrinas éticas que consideran que lo esencial para la felicidad de la vida es lo que uno tiene en sí mismo. Esta es también la opinión de Schopenhauer, para quien la felicidad pertenece a los que se bastan a sí mismos, en el marco de una ocupación puramente espiritual y no dedicada al servicio de la voluntad, como sucede en el hombre común, que está limitado a las cosas exteriores. Su centro de gravedad esta así fuera de el mismo (2013: 65, 73).

Nuestra vida, señala Schopenhauer, representa una oscilación entre el dolor y el tedio. La necesidad y la privación engendran el dolor, mientras que el bienestar y la abundancia el tedio. La riqueza es como el agua salada: cuanto más se bebe más sed da. En consecuencia, el sabio no debe perseguir el placer sino la ausencia de dolor. La vida no es para que se disfrute de ella, sino para que se desentienda uno de ella lo antes posible (2013: 82, 162-163). Y esto porque la vida busca potenciar la voluntad, es decir, la ambición del deseo.

A mayor riqueza interior (espiritual) menos tedio. Es por esto que el hombre inteligente evitara el dolor, buscara el reposo y el ocio. Una vida tranquila y modesta (2013: 59-61). Si es un espíritu muy superior, buscará la soledad. Cuanto más posee en sí mismo el hombre, menos necesidad tiene del mundo exterior. Menos útiles le pueden ser los demás. Cuanto mas tiene en si el hombre, menos pueden servirle de algo los demás. La sociabilidad de cada cual, cree Schopenhauer, está en razón inversa de su valor intelectual (2013: 185-189).

La superioridad de la inteligencia, afirma Schopenhauer, conduce así a la insociabilidad. Y es que es en la soledad donde cada uno se ve reducido a sus propios recursos, revelándose lo que posee por sí mismo. Al carecer el hombre vulgar de riqueza interna (intelectual) solo se preocupa de pasar el tiempo, mientras que el hombre de talento de aprovecharlo (2013: 61-62).

La estrategia ética de Schopenhauer es de retirada ante los males del mundo. Estos males abundan, puesto que la vida misma sería manifestación y desarrollo de la voluntad, la que implica a su vez la insaciable búsqueda de la satisfacción del deseo. Si vivir es desear y desear es sufrir, se infiere que la vida será inevitablemente sufrimiento. De allí la retirada que nos sugiere Schopenhauer ante cualquier cosa que alimente nuestros deseos. De allí la recomendación a refugiarnos en la soledad; a disminuir nuestro circulo de acción; en hacer depender todo de nosotros mismos. De esto, claro está, no es consciente el hombre común, para quién su voluntad lo es todo y su capacidad de sufrir es, por tanto, infinita.

Eduardo Schele Stoller.

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