El problema del cambio y el movimiento en Heráclito, Parménides y Zenón/ Eduardo Schele

Heráclito (535-475 a.C) nos decía: “Lo mismo es y no es. Somos y no somos, todo se mueve y nada permanece. Todo se transforma desde un contrario a otro. Lo opuesto concuerda, de las cosas discordantes surge lamas bella armonía. Todo sucede según discordia. Lo uno al divergir converge consigo mismo. Es sabio convenir que todas las cosas son una”. Esto nos muestra que sus ideas giraban en torno a dos principios: el cambio y la contradicción.

De hecho, comparaba las cosas con la corriente de un río, en el cual no podríamos bañarnos dos veces. Al respecto, Platón consideraba que si todas las cosas sensibles fluyen siempre, no podría haber ciencia de ellas, ya que de haber ciencia y comprensión de algo, no debe ser de lo sensible, sino que de ciertas naturalezas permanentes. De aquí vendría su teoría de las ideas creía a su vez Aristóteles.

Criticando a la masa (sentido común), Heráclito les reprocha el no saber escuchar ni hablar, asemejándolos a sordos que se dejan llevar por la erudición, pero no por la comprensión, la que supone guiarse por la naturaleza. Malos testigos son para los hombres los ojos y los oídos cuando se tienen almas bárbaras, las cuales no se fían de la razón (logos).

Parménides (530 a.C) también alude a la razón, pero para recriminar a quienes creen, como Heráclito, en el cambio y la contradicción. La verdad se concibe así como algo alejado de la opinión de los mortales. A través de su poema, Parménides nos señala que hay un solo camino narrable: que lo que es, es y ha sido siempre. El ser no tiene génesis, ya que ¿De dónde hubiera crecido? No es posible que del no ser, pues, ¿Qué necesidad lo habría impulsado a nacer partiendo de la nada? Así, para Parménides, lo que es, debe existir absolutamente o no existir. De esto se derivan algunas consecuencias importantes. Por ejemplo, que el universo deba ser eterno, inmóvil, único, imperturbable e inengendrado. Similar a una esfera indestructible, que no tiene ni comienzo ni fin.

En suma, Parménides nos demanda solo decir y pensar lo que es, puesto que es lo único posible. No podemos pensar ni decir algo sobre la nada. No hay ni habrá nada ajeno aparte de lo que es. Todo es uno y permanece estable e idéntico a sí mismo. Lo contrario, el cambio y la contradicción, se le atribuye a lo sensible. He aquí un aspecto importante que marcará las dos tradiciones clásicas de la epistemología: el empirismo y el racionalismo.

Parménides es de los primeros filósofos en distinguir entre dos tipos de conocimiento: el sensible y el racional. El primero nos lleva a un mundo aparente, lleno de cambio y contradicción; mientras que el segundo, que utiliza como herramienta el pensamiento, nos lleva al mundo real, a la verdad. En este sentido, el reproche que se le haría a Heráclito sería no lo que formula con respecto al cambio y la contradicción, sino que el pretender que esto sea algo real y no una mera apariencia o ilusión de los sentidos. Estas son las bases del racionalismo filosófico, que tendrá su desarrollo en Platón y mayor auge en la era moderna.

Zenón también señala que lo que “es” es inmóvil, compartiendo además con Parménides la distinción original entre un conocimiento sensible y otro racional, entre uno ilusorio (aparente) y otro real (verdadero). Un primer argumento que presenta Zenón intenta nada menos que suprimir la existencia del espacio. Ante esto nos pregunta: si el espacio existe, ¿Estará en alguna cosa?, pues todo lo que es está en algo, y lo que está en algo está también en un espacio. Es decir, el espacio estará en un espacio, y así hasta el infinito. Por consiguiente, considera Zenón, el espacio no existe. Si el espacio es algo que existe ¿Dónde estará?

Famosa es también la dicotomía de Zenón con respecto al movimiento. Esta plantea que un móvil debe recorrer infinitas magnitudes en un tiempo limitado. Como esto es imposible, el movimiento no existe. Al ser toda distancia divisible hasta el infinito, primero el móvil deberá alcanzar la mitad de la distancia que debe recorrer, pero lo mismo debe hacer previamente con la mitad de esta mitad y así sucesivamente. Si estas mitades son infinitas, es imposible recorrer infinitas magnitudes en un tiempo limitado. Este problema también ha sido conocido como la paradoja de Aquiles y la tortuga. En el contexto de una carrera, Aquiles, quien le da una ventaja inicial a la tortuga, nunca la alcanzaría, debido a los infinitos puntos que debería recorrer entre ambos.

¿Cómo explicamos entonces el movimiento y el cambio que nos rodea? Pues, efectivamente, todos llegamos a nuestros destinos y no nos perdemos entre los infinitos puntos intermedios. Zenón, siguiendo a Parménides, nos diría que el movimiento, el cambio y, con ello el tiempo, existen, pero en el mundo sensible.

Hemos visto que para el racionalismo este mundo no es más que una ilusión, esto es, mera apariencia. El problema surge al pensar. En el mundo real, al cual se accede mediante razón, el movimiento no existe, lo cual permite a su vez el conocimiento verdadero de las cosas. Y si es que todo estuviese sujeto a cambio, nada podríamos conocer. Cuando creyésemos captar la esencia o propiedades de algo, este algo ya habría mutado y, por tanto, nos sería desconocido. Esto llevó a Parménides y Zenón a la drástica decisión de dividir el mundo en dos, en vista de que el conocimiento, como hoy en día lo recibimos, sea posible.

Eduardo Schele Stoller.

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