Sobre la imbecilidad

Siempre puede ser valorable la construcción de teorías. Como creía William James, se constituyen como remedios y lugares de refugio ante los hechos. Esto puede implicar el tener que aceptar la imposición de cualquier elucubración teórica ajena. Y es que cierta gente tiende a necesitar de muletas teóricas. Nos referimos a los imbéciles.

Savater ha señalado que nuestra única obligación en la vida es no ser imbéciles. Imbécil viene del latín “baculus”, que quiere decir bastón. El imbécil es así el que necesita bastón para caminar. El imbécil en la actualidad es efectivamente el que necesita de bastón, pero de bastón mental, pues es su mente la débil y la que requiere de apoyo. Este individuo para Savater es el que se entrega solo a las diversas formas del querer, dejando de lado el pensamiento autónomo y la crítica reflexiva. El imbécil necesita así apoyarse en cosas fuera de sí mismo, enajenando por tanto su libertad.

Schopenhauer a su vez define la estupidez como la falta de entendimiento o la torpeza en la aplicación de la ley de causalidad. Se entiende pues como la incapacidad para la captación inmediata de las concatenaciones de causa y efecto, motivo y acción. Un estúpido no logra examinar así la conexión de los fenómenos de la naturaleza, de allí que tienda a creer en encantamientos o milagros (2011: 50).

El imbécil, si pudiésemos resumir lo antes dicho, es aquél, como diría Kant, “menor de edad intelectual”. Aquel que teniendo las facultades para pensar por sí mismo y ejercer su conciencia, no lo hace. El imbécil prefiere el camino fácil, al coger la muleta teórica de turno. Rehuye del pensamiento autónomo y, en consecuencia, carece de responsabilidad ante sus propias acciones. Para muchos el hombre es un animal social y, como tal, que descansa en las creencias (bastones) de los otros. El pensador autónomo siempre ha sido visto con desconfianza por parte de la masa. Y es que en esencia, el ser humano más que a saber, tiende a la inconsciencia, a dejarse llevar. El hombre tiende a la imbecilidad.

Eduardo Schele Stoller.

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