Feyerabend y la contrainducción

Según Feyerabend, el único principio metodológico deseable es el “todo sirve”. El resto de reglas es necesario que sean infringidas para que haya progreso[1].  Esta práctica, de ignorar o adoptar reglas opuestas, es razonable y necesaria para el desarrollo del conocimiento. El anarquismo estimula así el progreso (1986: 7, 11). Es en este contexto que Feyerabend propone un “método” para proceder de esta manera; la “contrainducción”, la cual consiste en hacer uso de hipótesis que contradigan teorías bien confirmadas y los resultados experimentales establecidos, es decir, oponiendo “contrarreglas” a las reglas ya establecidas en la empresa científica.

Feyerabend concibe el conocimiento como un océano, siempre en aumento, de alternativas incompatibles entre sí, tal vez inconmensurables, en donde cada teoría, mito y cuento de hadas contribuye por medio de un proceso competitivo, al desarrollo del conocimiento (1986: 13-14). Esta evaluación no puede proceder desde dentro, sino que se requiere de un crítica externa, de un conjunto de supuestos alternativos, ya que la libertad de la experiencia del teórico no se remite sólo a los hechos, sino que está restringida por la tradición en la que trabaja, por sus creencias, prejuicios, idiosincrasia personal, el aparato formal disponible, la estructura del lenguaje que habla y un conjunto de creencias metafísicas. La evidencia experimental no consta sólo de hechos puros y simples, sino también de hechos analizados, modelados y construidos de acuerdo a alguna teoría (1989: 74-77).

Con esto, Feyerabend rechaza el método inductivo, ya que éste supone un “principio de autonomía” entre hechos y teorías. Pero el requisito de aceptar sólo aquellas teorías que se sigan de los hechos nos dejaría sin ninguna teoría[2], ya que, de acuerdo con nuestros presentes resultados, casi ninguna teoría es consistente con los hechos (1986: 21, 22, 49). El material que un científico tiene realmente a su disposición nunca está completamente separado de la base histórica. Así, Feyerabend sugiere que una teoría puede ser inconsistente con la evidencia, no porque no sea correcta sino porque la evidencia esté contaminada[3] (1986: 49-50).

La proliferación de teorías, posibilitada por la contrainducción, es así beneficiosa para la ciencia, mientras que la uniformidad debilita su poder crítico, poniendo en peligro el libre desarrollo del individuo (1986: 16, 18). La no existencia de alternativas teóricas puede producir la apariencia de éxito.  Pero al proceder de este modo, tal teoría pasa a convertirse en ideología, ya que si tiene éxito no es porque se corresponda con los hechos, sino más bien porque se han eliminado aquellas teorías que podrían ofrecer una real contrastación. Los resultados observacionales, internos, hablarán siempre a favor de la teoría. Al estar formulados en sus términos, se tendrá la impresión de haber llegado a la verdad (1986: 27-29). La base evidencial, la adecuación a lo fáctico y la coherencia son algo producido por la investigación y, por tanto, algo que no puede imponerse como predicción de ella. En este sentido, el éxito sólo puede distinguir a un estilo de pensar cuando se poseen ya criterios que determinan lo que es éxito. “Verdad”, por ejemplo, es lo que afirma el estilo de pensar que es verdad. La elección de un estilo, de una realidad, de una forma de verdad, incluyendo criterios de realidad y de racionalidad, es la elección de un producto humano. Es un acto social, depende de la situación histórica. Es objetiva esta elección sólo en el sentido condicionado por la situación histórica, puesto que también la objetividad es una característica de estilo[4] (2008: 188-189).

Con lo anterior, Feyerabend cree que se diluye la separación entre ciencia y no-ciencia, ya que perfectamente puede ocurrir que el conocimiento de hoy pase a constituir los cuentos de hadas del mañana, y que el mito más ridículo pase a convertirse en la pieza más sólida de la ciencia[5] (1986: 32, 36). La separación de ciencia y no ciencia no sólo es artificial, sino que también va en perjuicio del avance del conocimiento[6] (1986: 30).

Ahora bien, el anarquismo epistemológico, advierte Feyerabend, difiere tanto del escepticismo como del anarquismo político (religioso), ya que mientras el escéptico desiste de hacer juicios ante puntos de vista  y el anarquista político pretende eliminar cierta forma de vida, el anarquista epistemológico puede desear defenderla, puesto que no tiene ninguna lealtad o aversión eterna hacia alguna institución o ideología[7]. No existe, sostiene Feyerabend, ningún punto de vista, por más absurdo e inmoral que sea, que rehúse considerar o someter a su influencia, como así también no existe ningún método que considere como indispensable. La única cosa a la que se opone es a los criterios universales, tales como el de “verdad” o “razón” (1986: 177).

Si bien el anarquismo epistemológico de Feyerabend nos protegería del dogmatismo en el conocimiento, nos deja a su vez con la imposibilidad de establecer criterios que lo uniformen. Kuhn, por ejemplo, ha catalogado los periodos de ciencia normal (paradigmas), como largos episodios en la historia de la ciencia en los cuales hay un consenso amplio entre los científicos con respecto a la aceptación de ciertas teorías. Esto en cierta medida permite el trabajo y desarrollo del paradigma de turno. Sin embargo, lo que propone Feyerabend es más bien una revolución constante en ciencia, por lo que no dejaría espacio alguno para el consenso. Al proponer una contrainducción reiterativa, no se posibilitaría el acuerdo. Por otro lado, al renunciar a criterios universales en el conocimiento, ni siquiera podríamos establecer lo que es la ciencia. La crítica, el cuestionamiento constante, la contrainducción, es un método valioso y que tiene larga data en la filosofía. La historia de la filosofía es una historia de controversias permanente. Esto es precisamente lo que la distingue de la ciencia.

Eduardo Schele Stoller.

 

[1] Tal es el caso, por ejemplo, de la Revolución Copernicana, el surgimiento del atomismo o de la teoría ondulatoria de la luz, las cuales ocurrieron, sostiene Feyerabend,  gracias a que algunos pensadores decidieron no someterse a ciertas reglas consideradas como obvias o porque las violaron involuntariamente (Feyerabend, 1986: 7).

[2] En parte por la imposibilidad lógica ya formulada por Hume.

[3] En relación a esto, Feyerabend destaca que los sentidos por sí solos, sin la ayuda de la razón, no pueden darnos una descripción verdadera de la naturaleza. Si eliminamos todas las interpretaciones eliminaremos conjuntamente la capacidad de pensar y de percibir (Feyerabend, 1986: 58, 60).

[4] Uno se decide, afirma Feyereband, en favor o en contra de las ciencias exactas como uno se decide, por ejemplo, por el punk rock (2008: 189).

[5] En este sentido, Feyerabend considera que así como es imprudente rechazar teorías defectuosas en el momento de su nacimiento porque podrían desarrollarse y mejorarse, también es imprudente rechazar programas de investigación que vayan cuesta abajo porque podrían recuperarse y conseguir un esplendor insospechado. En consecuencia, no se puede criticar racionalmente a un científico que se adhiere a programa degenerativo y no hay forma racional de demostrar que sus actos son irrazonables (1986: 172).

[6] Conjuntamente, aconseja abolir la distinción entre contexto de descubrimiento y contexto de justificación y entre términos observacionales y términos teóricos. Distinciones que no juegan ningún rol en la práctica científica (1986: 152, 154).

[7] Para ser un auténtico Dadaísta, se debe ser también un anti-Dadaísta (1986: 177)

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