Cioran y la desgarradura de la vida

Proverbio chino: “Cuando un solo perro ladra a una sombra, diez mil perros hacen de ella una realidad”. 

Cioran nos muestra un pesimismo posmoderno clásico con respecto a la historia y el sentido de la vida humana. El hombre, nos señala este autor, hace la historia; pero ésta a su vez le deshace. Así, si bien el hombre es el autor y objeto de la historia, es también su víctima. Durante mucho tiempo hemos creído dominarla, pero ahora nos damos cuenta que se nos va de las manos. Ya es independiente y nos consume. Nos devora y acabará por aplastarnos. El hombre sucumbirá con ella. Aliviado del peso de la historia, en el punto máximo de su agotamiento, el hombre, afirma Cioran, habiendo renunciado a su singularidad, no dispondrá más que de una conciencia vacía, sin nada que pueda llenarla de nuevo: un troglodita desengañado y asqueado de todo. Nunca sabremos con exactitud lo que se ha desgarrado en él, pero la desgarradura está ahí.

Ante este fin, que Cioran considera como inevitable, toda teoría nueva, todo descubrimiento, nos hunde cada vez más. Cuanto más poder adquiere el hombre, más vulnerable resulta. Su insaciabilidad denuncia una miseria irremediable, un ocaso magistral. Y es que al afrontar la fase final del proceso histórico, por haber liquidado nuestras viejas creencias, careceremos de disponibilidades metafísicas, de reservas sustanciales de absoluto, para afrontar ese momento. Es una locura, señala Cioran, creer que caminamos sobre tierra firme. Creíamos que nuestros pasos se adherían al suelo y bruscamente descubrimos que no existe nada que se parezca a un suelo ni tampoco nada que se parezca a unos pasos. La ilusión engendra y sostiene el mundo: no se la destruye sin destruirlo. Al no haber ilusión (promesa), objetivo por el cual vivir, se pierde consecuentemente el orgullo de obedecer, lo cual, según Ciorán, es la base de toda sociedad.

En este escenario, el que sigue luchando por una causa es un signo evidente de falta de madurez. Un hombre sensato no se rebaja ni siquiera a protestar, pues tomar en serio las cosas humanas demuestra alguna secreta carencia. No es el instinto de conservación, sino nuestra incapacidad para ver el porvenir, lo que, según Cioran, nos permite seguir viviendo. Si supiéramos lo que nos espera, nadie se rebajaría a persistir. Pero como todo desastre futuro es abstracto, resulta difícil asimilarlo.

El más sensato en este contexto parece ser el escéptico, quien puede llegar a admitir que la verdad existe, pero que deja para los inocentes la ilusión de creer que algún día podrá ser poseída. Solo se atiene a las apariencias, las constata y se adhiere a ellas, señala Cioran, en la medida en que, como ser vivo, no puede hacer otra cosa. En este sentido, actúa como los demás, ejecuta sus mismos actos, sometiéndose por tanto a las costumbres y convicciones comunes, pero sabiendo que, en última instancia, es tan poco real como el resto de conciudadanos. ¿Qué es, entonces, se pregunta Cioran, el escéptico? Un fantasma, un conformista.

Y es que en realidad, al ser conscientes de este escenario, al parecer no queda más actitud que ésta. Cioran nos muestra una clara analogía para ilustrar esto. Si las olas reflexionaran, nos dice, creerían que avanzan, que tienen un objetivo, que progresan, que trabajan para el bien del Mar, y llegarían a elaborar una filosofía tan necia como su obstinación. Todo proyecto, sostiene Cioran, es una forma encubierta de esclavitud. ¿A qué? Pues a la vida. Sin proyecto la vida carece de sentido, ya sea personal o ideológico. El hombre común se ilusiona ante el mismo, es optimista con respecto a la meta. El escéptico sabe, en cambio, que el valor de las mismas radica en ser solo un medio para motivar la existencia, pero es consciente de que a través de ella no llegará a ningún lado. Solo son soportables, afirma Cioran, las religiones o ideologías superficiales. Desgraciadamente, la historia no cuenta con muchas.

Eduardo Schele Stoller.

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